Los Sonámbulos

De la (nueva) Liga de la (falsa) Decencia

Según exploradores de la historia del ocio nacional, fueron las rumberas en la década de los años 40 del Siglo XX quienes realizaron la propuestas "más subversivas" y "atrevidas" en la vida del espectáculo; ellas protagonizaron una revolución "escénica y sexual" que puso a la defensiva a los custodios del comportamiento pudibundo, llamados también "guardianes de las buenas costumbres".

Esto alimentó corrientes entre las rebeldes bailarinas de ropa ligera, descalzas "y movimientos de cadera asociados al coito", según cuenta Gabriela Pulido Llano en "El Espectáculo Sicalíptico en la Ciudad de México, 1940-1950" ("Rumberas, boxeadores y mártires en el ocio del Siglo XX", Instituto Nacional de Antropología e Historia, p. 45).

La más revolucionaria fue Yolanda Montes "Tongolele", mujer de "mechón blanco y caderas inasibles", quien incluso originó un debate intelectual y periodístico, así como la búsqueda de la raíces de la escandalosa sicalipsis -sensual, libidinoso, indecente, obsceno, licencioso, pecaminoso- que había penetrado en la sociedad.

Ello sirvió para "medir" la modernidad y los valores del permisivismo social y entonces los "guardianes de la conciencia" (políticos, intelectuales y periodistas moralinos) ejecutaron campañas de "profilaxis moral", dice la autora del referido ensayo.

Algo similar sucede casi seis décadas después, donde la disputa por el poder público se coloca la falsa máscara de la pudibundez y endereza su hipocresía contra los "viciosos de la moral" que, claro, incluye a representantes del poder público -esos diputados, que sin sonrojo hacen de un viaje de trabajo una mala copia de las grandes noches de los salones de baile, aunque con mini-banda grupera en vez de Pérez Prado y otros-.

En este caso y según se desprende de los embates de la política y periodismo profilácticos, los legisladores convirtieron una lujosa estancia en una casa clandestina de citas, "cueva infecta de bandoleros y de gatas rateras" (y eso que las "suripantas", de acuerdo con el lenguaje empleado en la tarea de higiene moral contra las acompañantes de los "diputables", ni siquiera estaban desnudas)

Por fortuna todo sucedió fuera del Distrito Federal y del Estado de México, pues otra suerte habría sido la de esos políticos ya que es arbitrario confundir el trabajo sexual consensuado con la "trata de personas", lo cual se ajusta a la visión de hace casi un siglo cuando Enrique Bordes Mengel era gobernador del Distrito Federal: "la política, que revolucionaria y todo sigue siendo señorita, le recuerda que las cosas que no le agraden serán siempre obscenas, obrejas para el lucimiento burdo-sicalíptico de partiquinas y suripantas".

Pero si esto falla, para eso están -y para lo que se ofrezca- los miembros de la (nueva) Liga de la (falsa) Decencia.