Los Sonámbulos

De la “incomodidad” y la otra piel

El escritor israelí Amos Oz, auto-denominado "experto en fanatismo comparado" debido a sus experiencias con el sionismo judío y su contra, el islamismo árabe, asegura que no hay forma de curar a un fanático y que lo único en que se puede y se debe insistir es en "controlarlo".

Entre las recetas que ofrece para apaciguar a los que creen que el fin, "cualquier fin, justifica los medios" ("Contra el fanatismo", Siruela, p. 12) está la de inyectar algo de "imaginación" para hacerlos sentir incómodos.

Esto va más allá del llamado volteriano que, tras desmenuzar las intolerancias religiosas y comparar a la humanidad con un tropel de viajeros que van en un buque que hace agua por todos lados, pide que todos trabajen en calafatear la nave para salvar sus vidas, que dejen de acusarse mutuamente de "nestorianos, judíos, musulmanes, etc.", restando importancia a sus sectas(Voltaire, "Tratado de la intolerancia", Crítica Barcelona, p .169)

Frente a la barbarie desplegada por el fundamentalismo religioso, ya sionista o musulmán, incluso por el fundamentalismo económico neoliberal, parece una ingenuidad extrema por parte del también periodista y varias veces candidato al Nobel de Literatura.

Lo es, ciertamente, si se compara con el postulado de Karl Popper quien, en nombre de la tolerancia, reclamó el derecho a no tolerar a los intolerantes y a prohibir concepciones intolerantes, "si es necesario por la fuerza" (La Sociedad Abierta y sus Enemigos", Paidós nota de página, 512, sobre La Paradoja de la Tolerancia)

Sin embargo, la propuesta de Oz es de estimarse porque propone que, mediante la "imaginación" se logre que estos fundamentalistas se pongan en la piel de los demás y dejen de ser penínsulas darwinianas para conectarse con el mundo, haciéndoles ver las consecuencias funestas de sus ideas.

En apariencia inofensivo, esto es más letal que apelar a la razón, que a veces termina en lo contrario, o hacer causa contra los que actúan por "revelación" ya que permite echar mano de los hechos. Esto es vital. Ningún furor, religioso o económico, podría frenarse sin la exposición cruda de las consecuencias de sus actos.

Qué bueno que, como dice Oz, Shakespeare ayudaría algo a entender que todo extremismo deriva en tragedia si no hay capacidad de acordar nada, y que Gogól enseña en su obra que nuestra propia nariz podría convertirse en nuestro peor enemigo.

Pero nada como los hechos que, merced a la tecnología, actualmente impiden presentar a los cadáveres como terroristas desestabilizadores, o darse aires de superioridad moral y de "eficiencia capitalista" con tantos millones de miserables, producto justamente de lo contrario.

La presentación de los acontecimientos ha "incomodado" a más de uno. El despliegue propagandístico lo indica, pero falta que se pongan la piel de los demás.