Los Sonámbulos

Un impuesto anti-bestias

La historia ha dado ejemplos de que el capitalismo "no tiene patria... ni matria". También, por lo menos desde el Siglo XIX se ha advertido sobre las consecuencias devastadoras de la "acumulación", más propensa a la especulación y a la evasión de impuestos.

Más antropólogo que filósofo y sin rasgos de profeta, George Bataille confirmaría el objetivo respecto de las realizaciones del ser humano: está en posición de sus productos, de lo realizado, y su fin último es destruirlo ("La Religión Suerrealista", Los Cuarenta, p. 105).

Ante la rebosante recua de desertores de la economía nacional, que en estampida sacaron sus dólares (417 mil millones hasta 2012 y 73 mil 927 millones hasta noviembre de 2014, ya en pleno auge de reformismo patrio) es inútil envolverse en la bandera y arrojarse, en un acto más idiota que de inmolación por una causa, desde el edificio de la Bolsa de Valores o de los despachos del "pensador del año", de Banxico, etc.

Aunque desde la década de los años 80 se tienen noticias de "sacadólares", el mundo actual es más "reducido" y ello ha permitido que los metamorfoseados filibusteros atraquen de costa en costa. Desde entonces, si no es que desde antes, nadie les ha puesto un alto.

Los propietarios de estos "excesos de ahorro" ( aunque de muchos emana el tufo balzaciano que impondría una investigación si no judicial, sí al menos fiscal) están en libertad de elegir el edén de su preferencia, y qué mejor si están en Suiza, Irlanda o en islotes parecidos, donde evadir el pago de impuestos es como ir al excusado en momentos de crisis estomacales (dinero engendra dinero, decía Aristóteles... y lo demás, pues lo demás).

Nadie les puede pedir que inviertan en su país, asumiendo que hoy todos somos "ciudadanos del mundo", pero sí al menos que las transacciones correspondientes, que por algún lado deben pasar, ingresen un porcentaje a las arcas nacionales.

Se entiende que los administradores de este país casi nunca han sido de fiar porque de repente aparecen fortunas y familias enteras con mansiones como sacadas de cuentos de reyes y fábulas de oligarcas, pero un impuesto a esas operaciones no tendría más fin que el de contribuir como hace cualquier ciudadano, en observancia de las normas, a la hacienda pública.

Al margen del debate sobre el destino de ese gravamen (evitando, eso sí, alimentar a oligarquías políticas y su populismo piadoso) sería, tal como propone Piketty, un "impuesto de control" o de "catastro financiero" ("El Capitalismo del Siglo XXI", FCE, p.579), aunque en virtud de lo acontecido históricamente en los palenques capitalistas, bien se le denominaría como un "impuesto anti-exuberancia irracional", anti-espíritus animales", anti-momentos Minsky" o, lo que es lo mismo, un impuesto anti-bestias.