Los Sonámbulos

De la filosofía de Forrest Gump

En apariencia inocente, el tema es muy complicado y para muchos ha resultado extraño que los grandes sabios sólo se hayan ocupado, perogrullada, de la sabiduría, y dejado a la contraparte en el campo exclusivo del sicoanálisis que, según un atormentado "cazaseudoperiodistas" como Karl Kraus, constituye una enfermedad que se cree su propia terapia.

"Un estúpido es alguien que hace estupideces", según la filosofía de la progenitora del ya veinteañero Forrest Gump, una definición tan corta pero de amplios alcances que, quizás por esto, salvo Erasmo de Rotterdam, las mentes más brillantes rehuyeron incluso una somera aproximación, ya no se diga el desarrollo de una fenomenología.

Los gramáticos del lenguaje también se han enredado en su galimatías, generando más confusión pues juntan lentitud en la compresión con lo soez que puede ser un tipo enfadado.

Queda, pues, a las arbitrarias antiparras de cada cual darle visión a los hechos y a las situaciones, aunque la historia aportaría elementos para acercarse a esos terrenos gumpianos que, inocentemente ficticios, son látigos a las voluntades supuestamente bienpensantes.

En materia económica, por ejemplo, se tiene la falsa creencia de que se puede exorcizar al diablo invocando el evangelio neoliberal de Belcebú, buscando echar a los buitres de la economía, que cada que se les antoja hacen víctima al mundo de su irracionalidad.

Es parecido el pretendido intento de desmonopolizar el ámbito de las telecomunicaciones en nuestro país, pero para esa simulación basta la conformación de un grupo de seudorepresentantes populares votando en favor de sus verdaderos patrones, aunque sus buenos sueldos le cuesten a la sociedad.

O es semejante a controlar la inflación subiendo el precio de combustibles, como las gasolinas; o querer combatir la contaminación ambiental promoviendo la compra de chatarras al por mayor (equipadas con convertidor catalítico, tecnología que iba a resolver el problema, según se dijo) o pretender echar a andar el crecimiento económico mediante la reactivación del mercado interno subiendo impuestos; o combatir la "trata de personas" fomentando la "trata callejera", vil comercio sexual en puentes y banquetas, y un largo "o" que se pierde en el infinito de Einstein, esa fuerza sicológica enorme y profunda.

A todo esto se le publicita como "acciones de gobierno" y participa tal cantidad de seres que es imposible determinar si se trata de un mal ocasional, funcional o ya está constituido como un comportamiento típico de la ansiada "normalidad", modesta proposición que insinúa el despliegue de velas que, dicen, pondrá al buque a toda marcha, aparentemente lejos de los horrores de décadas de sueños convertidos en delirios y promesas, sólo para que al final la nave regrese al punto de partida.