Los Sonámbulos

De la felicidad desdichada

Aquellas filosofías que aseguraron que el infortunio es fuente de enseñanza sobre lo ilusorio de la felicidad, no dejaron de advertir que también es motivo para el consuelo. Más: en épocas más recientes, carentes de poder crítico y de tendencia a la vacuidad, la desdicha se ha convertido nada menos que en fundamento de la prosperidad indefinida (suerte de esperanza vitalicia).

Antes el sueño de la prosperidad descansaba en los descubrimientos de la ciencia, en el desarrollo de la industria, en la pujante voluntad de reformas políticas y sociales, etc, todo para configurar el rostro inédito que indica la renovación de cada generación, misma que procura distinguir a su época. A ello se abocaron estudiosos confiriéndole la etiqueta de "filosofía del progreso".

Sin embargo, la prosperidad se ha transformado en programa de gobierno, rito cuasi religioso que lo mismo inaugura comedores populares que reparte despensas, vales para útiles escolares, becas para menesterosos; distribuye televisores y hasta zapatos.

Esto prueba que los diseñadores de políticas públicas no han cambiado de fe, todo en detrimento de la descripción realista de la vida cotidiana, de la misma manera que los ciudadanos tampoco han mutado de decepción, paliada por incentivos de sobrevivencia.

"La historia no es más que una colección de fábulas y de bagatelas inútiles, atiborrada con una masa de cifras y de nombres propios innecesarios", llegó a decir Tolstoi sobre el ocultamiento de las causas que dan origen a los hechos.

Algo peor merecería la deformación de los acontecimientos, más grave que la narración de "habladurías de comadres" que han recreado paraísos imaginarios donde no ha habido otra cosa que engaños permanentes".

En esa ofuscación, derivada de unos resultados electorales, los actores en el poder público no han meditado mínimamente sus dichos: que de 1987 para acá el país ha cambiado -por deliberada mezquindad o perversidad, se ignoran cinco años de historia neoliberal-, y prueba de ello, dicen, es el hecho de que los antiguos abandonaron sus oxidadas Remington y escandalosas Olivetti y abrazaron con fervor los mal llamados "teléfonos inteligentes", tabletas y ordenadores.

Estafas midasianas (por el Rey Midas), Ruskin apuntó sobre el timo de una fe que apuesta al dinero-ganancia y no a la boca-ganancia; esto es, que la riqueza, además de proporcionar bienestar, debe ser comestible, de otro modo no es más que evidenciar, como se ha dicho en algún texto, que el lenguaje del capitalismo puede cambiar, pero no progresar.

Sin hacer fila, los nuevos-viejos responsables de las finanzas siguen haciendo las cuentas de la lechera, aislados de la gente común, en ese círculo donde la ganancia es la depredación de unos sobre otros, con la insólita comercialización de la alegría desgraciada.