Los Sonámbulos

De la fachada trasera

"Democracia", el viejo término griego regresa efímeramente a la circulación, como si el modelo económico-político vigente estuviera dispuesto a aplicarlo por lo menos medianamente. En esto hay más nostalgia por los tiempos perdidos y viñetas de simulación a la manera de Marcel Proust, que un genuino ánimo ranchero, echado para adelante. Esto es entendible.

Las pocas luces que había hasta hace pocos años, fueron apagadas por el lo que socarrónamente algún pensador filoso llamó "La Revoluciòn Conservadora" que, expresada en nuestro país con cierta euforia, dibujó la exigencia de cambios con la única finalidad de conservar, degenerando luego en "reformismo", una etiqueta que con mucha cara dura se podría aceptar como condición o halago al desempeño.

Por eso la indiferencia se ha convertido en la peor enemiga, no tanto por impericia de la clase política como por la resistencia de sus estirpes y clanes, pieles duras dispuestas a jugar el juego que se les indique.

Ya que es raro encontrar a políticos a la altura de los retos, y los que lo están son menos que una especie de ejemplares apestados entre los suyos, el desencanto se ha transformado en descontento, siendo ésta una de las pocas transformaciones reales de nuestro tiempo y que quizás por eso no necesitan la contratación de pautas publicitarias.

Lo poco que se había ganado en credibilidad terminó por mostrar su verdadera naturaleza: el decorado de una tramoya para seguir los dictados y humores de los dueños de la economía.

Por esto, más que por la intromisión de las cúpulas partidarias en la configuración de los institutos responsables de organizar las elecciones, es que el vetusto vocablo no atrae tanto como en otros ayeres, porque ha terminado por ser el referente de un instrumento de uso convenenciero que ni permite una convivencia pacífica -los muertos, pese al silencio, continúan su escándalo-, ni genera oportunidades de desarrollo -más de 50 millones de pobres- ni abona a la organización de comicios limpios y confiables.

Quizás lo único que habría que reconocer, y con sus asegunes, es, parafraseando a Popper, que ya no se dan los típicos baños de sangre de la otrora familia revolucionaria como en el siglo pasado, y que sólo en Filipinas y en otros países quedaron como sello natural de la cultura democrática atrasada los clásicos descontones y patadas para dirimir las inconformidades electorales.

Claro que esto no es menos deleznable que la cultura clientelar y despensera, además de corporativa, que se ha convertido en el sostén principal de la ideología partidocrática actual, esencia de la directriz moderna que, si no es sorprendida en fraudes y corrupción, lo es en redes de prostitución y otros chanchullos, salvaje entretenimiento mientras la verdadera conducción de la nación se diseña y ejecuta entretelones, sin muchos fisgones a la vista ni en primera fila.

Como dicen los arquitectos, también en la parte trasera hay fachadas, exteriores que, en caso de emergencia, es preciso retocar y de vez en cuando presentar como si se tratara de la fachada principal. De esto ha habido mucho por lo menos en los últimos tres procesos electorales grandes.