Los Sonámbulos

De coleccionistas y redentoras

Lance de temporada para sacudirse tensiones, de los libros y las prostitutas Walter Benjamin ha dicho que tienen un denominador común: circulan en las casas públicas para estudiantes -y , hay que añadir, también para quienes no lo son-.

Con un poco de deseo, en el primer caso el interesado puede prescindir de apilar tomos y echarse a la calle (Saramago tuvo una envidiable colección de varios miles de tomos: la biblioteca pública de su pueblo).

En el segundo, se ha portar el manifiesto de Jaime Sabines con su santoral sabatino, sumándose a la propuesta del poeta para canonizar a las practicantes del viejo oficio, "mártires provisorias llenas de gracia", decía, mentoras perpetuas.

Esa alternativa es muy socorrida, aunque no pocos optan por ahorrarse sermones, moralinas, dinero y, quizás, visitas al médico, comparecencias al juzgado o al confesionario.

Pero tiene razón el filósofo berlinés cuando afirma que las prostitutas y los libros dominan la noche como el día y el día como la noche. De ahí que para no sufrir bostezos ante inservibles cambios de horario, hace falta, además de tiempo, dinero, aunque es sabido que en lo primero, el presupuesto siempre ha salido al rescate de seres ocupados en eso de la cosa pública, incluso desatendiendo sus heroicos deberes para, en un acto de desprendimiento personal, acudir en auxilio de empresarios pedófilos, previo "dale pa'trás, papá", clásico de la pornocultura política nacional.

Si los libros, como atina a decir Benjamin, dicen mucho de las personas que los atesoran, ofrecen indicios de gustos, intereses, costumbres, los lean o no, los adeptos a las musas canónicas de Sabines son un trazo más o menos descriptivo no en la línea del médico y criminólogo Césare Lombroso y la frenología, sino de personas... ¡con dinero y tiempo!, y en otros, además de ésto, influyentismo y complicidad.

Llevado al diván, lo que de ahí resulte sería, por un lado, un cúmulo de melancolía, de egoísmo o todo mezclado y, en el extremo, delincuentes sin derecho a fianza, amparo ni militancia partidista, filtro purificador éste en situaciones de verdadera emergencia.

No es que coleccionar o leer libros vuelva a las personas mejores o peores. Quizás ni siquiera ilustren y hasta resulten perjudiciales -Hitler no era siquiera un mediano lector, pero consumió textos que desbocaron sus instintos genocidas-, aunque forman mayoría los del otro bando, con saldos benéficos -el noble manchego Don Alonso Quijano, por ejemplo, con todo y que fue un genial invento cervantino-.

Tampoco lo segundo hace peor o mejor a nadie y se puede estar de acuerdo o no, pero eso es distinto de defender criminales.

La conversión es otra opción y, sí, será siempre una derrota más para las redentoras de Sabines, pero en eso estriba el ejercicio de la libertad, igual ante los libros. Cada cual decide.