Los Sonámbulos

Sobre el “Robaproa recargado”

Con algunas variantes para que el guión no resulte soporífero, la historia de los "rescates" es cíclica, cínica y la misma:

Los oráculos de las finanzas y los galardonados arrojan los títulos, más hechizos que honoríficos, a donde pueden, exhaustos tras la búsqueda de soluciones. Proyecciones por aquí, modelos econométricos más allá y, agotadas todas las posibilidades después de empeños titánicos (canon neoliberal en mano) siempre queda un último recurso al que, por más recelos que se le tenga, no queda más remedio que acudir: el Estado, es decir, la hacienda pública, generosa en eso de lanzar salvavidas e impuestos ciudadanos en casos de naufragios con tufo a fraude.

Así fue con el ya eterno Fobaproba, engendro que comenzó con unos 600 mil millones de pesos tras el diciembrazo Salinas-Zedillo en 1994, alcanzó Un billón 200 mil millones de pesos (casi 120 mil millones de dólares, de acuerdo con la puntillosa observación del propio Salinas) y todavía se deben unos 850 mil 514.4 millones de pesos, según el IPAB, sustituto de aquél adefesio capitalista.

Si durante casi dos décadas este monstruito ha paralizado parte importante del gasto público, sobre todo en los rubros educativo, de infraestructura y social -escuelas, hospitales, vialidades, etc-, hay que imaginar lo que sucederá con un ogro que, según las cuentas exactas de los heroicos rescatistas, suma un billón 347 mil millones de pesos, a los que se deben agregar otros 500 mil millones, todos estos pasivos laborales de Petróleos Mexicanos y de la Comisión Federal de Electricidad.

Hete aquí el rostro auténtico del "reformismo" en boga y su casi 7 por ciento del PIB que significaría hacer deuda pública semejante cantidad, esto luego de una labor de "limpieza" en la que, como reza el bíblico mandato del capitalismo predador y estafador, los que ensuciaron todo, los que chorrearon todo este estercolero que va a salpicar y dejar su hedor por generaciones, saldrán más limpios que los supuestos reformadores, con una aureola impoluta de mártires de la nómina pública.

Por ello, cada vez menos se cree en las posibilidades de salvaciones a largo plazo que inundan el discurso oficial y la visión de los optimistas de un futuro que, curiosamente, siempre se queda en eso o, de manera increíble como el caso que nos ocupa, mira hacia atrás y recarga pilas para batir su propio récord.

Si algo han probado las últimas tres décadas es que hay hombres -y mujeres- capaces de dar al traste con el desarrollo de generaciones asumiendo que están haciendo las cosas bien y que si hay algún fallo, este es producto de la casualidad o de los míticos ciclos, nunca de pillos al mando de las oficinas de acuse de recibo.

La propaganda con sueños de progreso sostenido y de modernidad está topando, otra vez, con la necia realidad. Sólo sus autores la creen.)