Los Sonámbulos

Del Poder que ya no es

De un tiempo a la fecha el término "estadista" ha caído en desuso, aunque no ha faltado el "atrevido" que lo ha desempolvado para recrear aristotélicamente escenarios perfectos, exponiéndose a la carcajada (algún costo debe tener el costo, diríase zumbonamente). Eso genera la exhibición de malos cocineros, idealizados como titulares de los poderes públicos.

Pese al paisaje paisaje actual, que impide un lance como ese, se ha recurrido incluso al socorrido "excedente cultural" que, según Ernst Blonch, son los sueños soñados con los ojos abiertos (ahí donde la utopía se vuelve "esperanza") y, agregaríase, con sus correspondientes profetas salvadores, coronadas las testas con aureolas bíblicas, todo para el cachondeo popular.

El poder público, cierto, requiere por lo menos parecer, así sea ejecutando machincuepas verbales con sus contorsiones mediáticas. Sin embargo, son más frecuentes los cuestionamientos sobre la identidad de los verdaderos titulares, al margen de las disposiciones en los textos constitucionales.

Henry Kissinger, de dilatada presencia en la palestra internacional, pudo escribir un voluminoso recuento (835 páginas, FCE) de hombres con estatura dirigente durante buena parte del siglo pasado porque, sin duda, los hubo. Las apetencias de dominio, manifestadas hasta la inhumanidad durante buena parte de ese período, los hicieron brillar u obligaron a su surgimiento.

Pero hoy una empresa semejante impondría novelar, más que reseñar, porque es posible observar la transformación del poder y su peligrosa diversificación, como ha señalado el periodista, escritor y académico internacionalista Moisés Naim, ex ministro de Industria en Venezuela durante el mandato de Carlos Andrés Pérez.

En esa variedad lo mismo caben los poderes ejecutivo, legislativo y judicial que los económicos y los que constituyen los cárteles criminales, con sus traficantes de drogas y de armas, tratantes de seres humanos, lavadores de dinero, secuestradores y asaltantes, etc., de alcances "insospechados y de impresionante influencia política", afirma Naim (por no decir quizás "imbricados" o que ninguno se explica sin la reciprocidad de los otros).

Le asiste la razón cuando afirma que el poder está cambiando de manos, pero habría que subrayar un hecho a ojos vistas: en esa modificación los poderes económicos y criminal, juntos o revueltos, han minado al poder público y con ello las oportunidades de desarrollo, más donde su presencia se ha acentuado.

¿Cómo explicar la concentración de la riqueza en unas cuantas manos y la actuación del crimen distribuyendo toneladas de droga, o permitiendo su paso, sin el concurso del poder público, ya en calidad de socio o de subordinado, que en cualquier caso es grave?