Los Sonámbulos

Mamá Marx y el espíritu capitalista

Los observadores cruelmente ingeniosos (que todavía quedan a pesar de la solemnidad y el furor teológico de esta y muchas décadas) han sugerido que de los escritos de Carlos Marx y de él mismo, es posible asegurar que "toda historia, es la historia de los intérpretes".

En el campo de las ideas, igual que en el de la religión, no ha sido el único ni el último (ahí está el beatle John Lennon, quien se quejó de los intérpretes de Jesucristo: "Jesús estaba bien, pero sus discípulos eran ordinarios, son ellos los que para mí lo arruinan", dijo en 1966)

Con Marx, años de entretenimiento académico (filosofía, historia, sociología, sicología, derecho y hasta periodismo) han dado lugar a extensas obras sobre sus voluminosos textos, hurgando en lo que fue asumido como una religión y en la cual sus discípulos, gracias a los glosadores, terminaron igual o peor que otros dogmáticos (el Siglo XX, sobrado en solemnidad y pompa, lo fue también en delirios por teologías económicas de izquierda o de derecha, sustento de carnicerías)

Tal vez sea una maldición familiar, pero hasta en ese terreno de las representaciones se vio envuelta Henriette Presburg (sí, la progenitora de Marx)

"Si mi Karell hubiera hecho capital en lugar de escribir El Capital, todo hubiera ido mucho mejor", se ha leído en cualquier cantidad de textos esa amonestación, tomada de una carta que Marx envió a su mecenas Engels (abril de 1868)

Por supuesto, financieros, especuladores y capitalistas en general han asegurado, según su peculiar traducción, que esa fue la confesión de una admiradora de todo lo estadounidense, es decir, del emblema capitalista en su máxima expresión. Como es natural, del maternal sermón se remarcó la paradoja pues el "profeta era enemigo acérrimo" de todo lo que supuestamente ha hecho a Estados Unidos una potencia.

En sus deducciones, los entusiastas de la teología neoliberal nunca repararon en el origen de la ironía, resultante de un hombre que casi siempre vivió a salto de mata, de un país a otro, expulsado de éstos por publicar lo que pensaba y que, en el último de los casos, ciertamente fue un estudiante holgazán, según John K. Galbraith.

Como sea, la comedida reprimenda dio pie a la exaltación por la iglesia propia para tratar de enterrar a la otra.

Lo delicado es que, para mal, el Siglo XXI no está lejos de esas excitaciones teologales. Uno tras otro se suceden episodios que aportan a la continuación de la "historia de los intérpretes".

Alegatos por la democracia, la legalidad, la libertad, el libre comercio y un largo bla, bla, bla son, como el reproche de la mamá de Marx, coartada para encubrir monopolios, especuladores, defraudadores, evasores fiscales, incluso gente con las manos manchadas de sangre en listas de acaudalados. Los presuntos explicantes nunca se han preocupado de cotejar ideas con hechos, pues todo lo dan por hecho.