Los Sonámbulos

Letras sin espíritu

Las cifras del INEGI en cuanto al crecimiento económico de 1.1 por ciento registrado durante el año 2013, confirman la tendencia de las últimas tres décadas bajo el fundamentalismo neoliberal que, como ha quedado claro hace tiempo, sirve para cualquier cosa, menos para generar crecimiento.

Avanzando en círculos, ora defendiéndose de la embestida especuladora, ora del recrudecimiento de la monopolización productiva, la promesa de largo plazo muestra otra vez la orfandad de conceptos, mientras sus portavoces se atrincheran en los caminos de la ilusión fabricada, proveniente ahora de pretendidos comandantes de Ejércitos de Salvación ocupando portadas en revistas de fama ya poco envidiable.

Para decirlo en términos menos edulcorados, su déficit de credibilidad está a la par de la mejora del crecimiento tantas veces invocado y otras tantas corregido, siempre en sentido inverso de lo que se proyecta.

En esta parte y a la vista de esos acontecimientos, San Pablo no dudaría en alertar sobre moradas del mal, con esos demonios embusteros, carismáticos, que con ardides de todo tipo engañarían al más astuto. No es casual que la imagen vaya acompañada del lenguaje que remarca el fervor del fundamentalismo religioso. Es un aviso que no debería tomarse a chunga, a un simple desplante. El lenguaje en este caso dice más de lo que parece.

Ahora bien, justo porque en este sistema político, económico y social altamente deficitario lo que le ha faltado a la letra es espíritu, es por eso que la Constitución nunca debió establecer la prohibición de monopolios ni hacer jurar a nadie lo que no ese capaz de cumplir ni, menos, de hacer cumplir. Aquí lo fundamental es la reversa.

De este tamaño resultan en esencia algunos preceptos magnos -por la carta que los contiene- que, un día si y otro también, representan la mascarada ideal de un país ídem, siempre en proceso de edificación, en el cual si algo sobra son letras, tanto de las magnas como de las más modestas y, en general, de todo calibre.

Esto quiere decir que antes de seguir acumulando letras, más tratados inservibles, más reformas farragosas con terminajos encriptados, habría que ocuparse de darle sentido a lo básico, a lo que hay.

Por ejemplo, imaginemos -no cuesta nada, dicen los vates que los han proclamado- que, en efecto, los gobernantes hicieron cumplir la ley en cuanto a impedir la monopolización. El mandato se estableció desde la segunda década del siglo pasado. ¿Tendría algún sentido estar confeccionando normas al gusto de firmas monopólicas para favorecer a algún determinado bando?

Y como esa, hay más leyes que, se supone, no fueron diseñadas nada más para su contemplación o invocación en cada fasto cívico.

Muchas letras y poco espíritu, tal ha sido el estado de derecho en nuestro país o, dicho con menos pompa, eso ha sido puro cuento.