Los Sonámbulos

Geometría económica futbolera

Los brasileños, como los habitantes de otras naciones que han organizado torneos internacionales (juegos olímpicos, copas mundiales, etc.), se quedarán con un palmo de narices si les han vendido la ilusión de que la prosperidad emergerá del mismo césped de las canchas por donde correrá el balón. Esto no ha sucedido ni con la entrega de sus recursos energéticos a las multinacionales depredadoras de siempre.

El discurso es el mismo: un mayor crecimiento económico debido a la exposición mundial de un nuevo edén de progreso y bienestar, motor de una economía pujante que le declara la guerra al pesimismo. .

Los países sede generalmente terminan endeudados, con instalaciones que luego no sirven siquiera para la nostalgia. Sucede como en las borracheras: todo va bien cuando las bebidas espirituosas provocan los correspondientes humores, pero es en la "cruda" donde se paga.

Por supuesto no todos terminan con una resaca de hospital después de una feliz melopea. Los organismos deportivos internacionales, empresas multinacionales que tampoco pagan impuestos (o no los que le debería), son los que se llevan toda la tajada.

Un ejemplo, el torneo balompédico celebrado en Sudáfrica, donde este país registró pérdidas por 3 mil millones de dólares, los mismos que se llevó a sus alforjas la FIFA.

Ahora, de las arcas públicas de Brasil han salido unos 14 mil millones de dólares para la construcción de aeropuertos, estadios y nuevos sistemas de transporte. Y algunos estadios ya tienen el sello de futuro "elefante blanco", es decir, no van a tener mayor utilidad terminada la justa, como serían los casos de las sedes de Natal, Manaus, Cuibá y Brasilia.

Más: los estados -con impuestos ciudadanos- cargarán con la deuda por la edificación de esos a largo plazo (el funesto período keynesiano que en este caso sugiere que quienes se endeudaron ya estarán muertos, igual los presuntos beneficiarios), mientras las necesidades básicas de millones de brasileños -educación, salud, etc.,- seguirán en la agenda de espera, lo mismo que los alimentos para unos 50 millones de seres hambrientos.

Es comprensible que políticos y empresarios de una nación de contrastes pero de gran tradición futbolera, inventora del "Jogo Bonito" (Edson Arantes Do Nascimento, Pelé, dixit) depositen su fe en la "canarinha" pues el "éxito" garantiza estabilidad política y económica, aunque no todo ha salido bien, como indican las protestas callejeras.

Todo esto es parte de la real geometría económica y política del fútbol y no la que suponen sus bardos, esa que poéticamente señala que el fútbol de "izquierda" es creativo, de mucha imaginación y despliegue espontáneo de habilidad sobre la cancha, mientras que el de "derecha" es de pura fuerza, mucho "catenaccio" italiano a la espera del eficaz descontón, muy marrullero y de abierta zancadilla.

Es cierto que, como apunta Manuel Vázquez, a sicólogos sociales no les queda más remedio que "pronunciarse ante la irrupción de los deportes de masas como religiones civiles que proporcionan a los feligreses los más fervorosos estatutos de militancia política y hasta de identificación étnica". ("Futbol, Una religión en busca de un dios", editorial Debolsillo, p. 32)

Pero algo pasa que hasta en los templos futboleros, ahí donde sería fácil colgarle la barba de Marx a Pelé, a Garrincha, a Ronaldinho, ya no se tragan la píldora del progreso y el bienestargracias a un balón. La ilusión pasa pronto cuando el estómago continúa pegado a la columna vertebral.