Los Sonámbulos

Conflictos “sin interés”

Asaltadas por episodios turbulentos después de efímeros momentos de eufórica ilusión, las clases dirigentes, tanto públicas como privadas, juntas y revueltas, se hallan con un pie en el abismo de la incredulidad y con otro en el barranco de la ignominia.

Por decir menos, los indicios de acontecimientos recientes han coronado testas con aureolas suspectas, en forma tal, que hasta la sospecha misma arruga el ceño.

Que se sepa, nadie ha sido arrancado de su granja ni dejado el arado para ir a enderezar los entuertos patrios, tal como se dice de Lucio Quincio Cincinato en la antigua Roma, pero la propaganda política casi siempre versa sobre la honradez, integridad y ausencia de ambición personal de los políticos, subrayando el espíritu de "servicio". La empresarial hace lo propio con sus particulares códigos "éticos", cualquier cosa que esto sea.

Empero, merced a los hechos que salpican plural y democráticamente, el término "servidor público" (en el más amplio, respetable y honorable de los sentidos) se aplicaría sólo en casos realmente extravagantes.

Es lo mismo con las figuras capitalistas que se benefician del erario público no por sus habilidades ni por el provecho común que pudieran aportar, sino porque están cerca o incluso encima de gente en el poder público.

Por supuesto que no sólo hay un conflicto de interés (que así se dice de la corrupción que genera la nada pulcra simbiosis política-negocios) en los asuntos de la casa blanca presidencial y la de Ixtapa, igual la de Malinalco, sino también grandes conflictos con los intereses de aquellos que primero elevaron a los protagonistas del actual gobierno al pedestal redentor y luego han fungido como iconoclastas. Los remitentes, tanto como los mensajeros, están algo más que encolerizados.

Pero sólo por esas creencias de no tomarse las cosas en serio -así sucedió con las masacres de Ayotzinapa y Tlatlaya-, en política se puede ventilar un conflicto sin interés, de la misma manera que un empresario puede obtener riquezas por labores (casi) desinteresadas. Por esto, y por gastado, el recurso de la legalidad no conmueve a nadie y, por el contrario, abre todavía más la puerta a la suspicacia.

Por lo demás, no sorprende la supuesta sorpresa que ha generado en varios sectores, la cual sólo puede atribuirse a la ignorancia supina o a la complicidad porque estos "conflictos" son muy propios de la clase política vigente. "Si ya lo conocían, para qué los impulsaron", es lo menos que se podría decir.

En cuanto al ámbito privado, los Higa, San Román, etc., no son diferentes de muchos. Que voces de la misma iniciativa privada estén pidiendo combatir prácticas corruptas no sólo en el gobierno, sino también en las filas empresariales y organizaciones sociales, además de exigir transparencia en todos los bandos, no es una mera ocurrencia.