Los Sonámbulos

Cervantes y la disidencia irónica

El 23 de abril de cada año se festeja el Día Internacional del Libro. Un buen pretexto para promover la lectura o, si se prefiere, perder el tiempo polemizando con los científicos del rumor y el morbo sobre las supuestas aficiones a la mota y a la cocaína por parte de William Shakespeare, o si Miguel de Cervantes, además de bacanales con renegados argelinos y prostitutas, en realidad usaba gafas y su retrato de él mismo en sus "Novelas Ejemplares", es la proyección idealizada del "yo", antecedente del photoshop o el instagram.

"¡Cómo me gustaría que nos conociéramos un poco peor!", diría Shakespeare con humor afectuoso.

Insinuaciones aparte, una buena cantidad de investigadores han sugerido algunas similitudes entre Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare: censuraron la economía codiciosa y depredadora y caricaturizaron a sus estafadores pronosticadores, eran antijudíos (en el sentido religioso, no confundir con la discriminación racial) pero, sobre todo, eran disidentes.

En el caso del británico, a pesar de que su fama se ha reducido más al retrato trágico que al burlesco, algunos de sus textos están salpicados de humor transgresor, aunque unos versos finales en "El Rey Juan", más que un arranque de adhesión isabelino, lo colocarían como cura del capitalismo salvaje y su chusco estancamiento estabilizador y donde, para abonar a la sospecha, por extrañas razones excluyó al mítico Robin Hood, emblema de la doctrina contraria: "Nada nos ha de doler/Si Albión a sí misma sigue siendo fiel" (acto 5, escena VII)

Puesto a elegir, como simples leyentes, sin entrar en inútiles comparaciones y al margen de bardolatrías del tipo Harold Bloom (por lo demás, muy respetable), el padre de El Quijote, Novelas Ejemplares, Entremeses, entre otras obras, destaca por su ironía, la chispa corrosiva, eso que remarca el abismo entre lo imaginario y lo real, que abre paso a la duda y permite objetar lo que se presenta como realidad, con mordacidad a veces cruel (el caso de los "arbitristas" en la economía y los consejos a Sancho para gobernar, por citar dos ejemplos)

Vargas Llosa lo clasificó como un liberal. Y en nuestro caso, esto puede asumirse siempre y cuando se trate de la voluntad mostrada por los liberales del Siglo XIX, no del usufructo por parte de esa caricatura ultraconservadora vigente.

El Quijote, como bien definió el mexiquense Isidro Fabela, es una suerte de "Biblia cívica", hacedora de ciudadanos (en sentido griego), donde resalta la falta de resignación ante el infortunio, un desprecio brutal por el progreso y una denuncia contra la conformidad, todo con un gran sentido del humor, incluyendo la disidente solemnidad-sarcástica contra sus propias limitaciones para ir más allá: hombre más versado en desdichas que en versos (El Quijote, Capítulo VI, primera parte)