Los Sonámbulos

Capitalismo a patadas

En algunas culturas antigüas las actividades artísticas y deportivas significaron un imperativo para troquelar el ideal del "alma ciudadana": alimento cultural para formar espíritus y ánimo guerrero para competir, aunque no siempre han gozado de estima en ciertos ámbitos.

Por ejemplo, Adam Smith metió en un saco a "bufones, músicos, cantantes, bailarines, etc.," y a "jurisconsultos, clérigos, médicos y literatos de todas clases", profesiones tanto graves, unas, como "inútiles y frívolas", otras, pero todas unidas por un lazo común: no producen nada que permita proporcionar, después, "otra cantidad de trabajo igual porque perece en el momento mismo de la prestación... ("Investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones", FCE, libro II, Capítulo III, p. 300)

Esto pudo asegurar Smith en 1776, casi dos siglos antes de que irrumpieran otros británicos igual que él, como Los Rolling Stones, Los Beatles, Cream (con Clapton), industrias musicales que siguen generando recursos millonarios. En vez de un alfiler, Smith habría tomado como ejemplo de la división del trabajo la elaboración de cuerdas metálicas para guitarra.

Otro: Thorstein Veblen, en su "Teoría de la Clase Ociosa", políticos, militares, religiosos y deportistas son improductivos, blanco de sus dardos corrosivos (Alianza Editorial, p. 64)

Eso publicó en 1899, ocho años después de que en su país (Estados Unidos) se inventara el basquetbol, y casi un siglo antes de que saltara un fenómeno como Michael Jordan, máquina realizadora de puntos y también de millonarios negocios -hasta la fecha-.

Y justo ahora, en momentos de fiebre deportiva, la "desfundamentación" continúa mostrando la solidez de sus fundamentos -en economía es así, como prueban a diario los oráculos neoliberales arrastrando su carroza-.

Esto se refleja en el libro del economista Ciro Murayama que circula bajo el decente título de "La Economía del fútbol" (Cal y Arena), pero que trata de un capitalismo a patadas, en el campo y fuera de él, más salvaje aquí que allá, industria millonaria donde, igual que en Wall Street, se especula y se tima y por tanto exige controles -en otras partes ya sucede, pero en nuestro país eso sería un "auténtico salto de época", dice-.

Los espectros de Marx y de Keynes recorren el texto -además de posar en indumentaria futbolera- pero no predomina la "academia", no al modo de la que Robert Musil comparó con "el culo de Satanás" (así de oscuro y de siniestro, así de estremecedor) lo que permite al aficionado una aproximación al negocio, más allá de las botas de 22 "trabajadores".

En el estricto sentido de habilidades que compiten entre sí, hace tiempo que el fútbol dejó de ser el simple y llano "juego del hombre" (Ángel Fernández, dixit), y no precisamente por la incursión femenina. Murayama lo fundamenta.