Areópago

Los promotores de la separación de Iglesia-Estado

En 1821, cuando México se declara independiente de la Corona española, los obispos que entonces ocupan las pocas sedes episcopales declaran que la Iglesia mexicana también ha adquirido su independencia y que, en adelante se dirigirán directamente a Roma, sin intermediación de España.

El Estado mexicano, por su parte, no piensa lo mismo y manda enviados muy acreditados a Roma, para conseguir que la Santa Sede le conceda al Estado mexicano, los mismos privilegios que tenían los reyes de España en México.

Por su parte, la Santa sede contesta a los enviados, que tales privilegios fueron concedidos en forma especial a los reyes de Castilla y que no se transferían al  nuevo Estado mexicano.

Mientras tanto, en México, los nuevos gobernantes, con diversos matices, se movían en sus criterios con un liberalismo adverso a la Iglesia. Buscaban el acuerdo diplomático con Roma, más que nada, para mantener la Iglesia supeditada al Estado, intervenir en el nombramiento de obispos y cargos eclesiásticos mayores, intervenir en la formación de las Diócesis, en la Universidad Pontificia etc. Y acá, en el escenario nacional, ver con codicia los bienes temporales de la Iglesia para apropiarse de ellos que finalmente, consiguieron.

Desde 1821, el Estado mexicano no dejó de pagar a sus enviados, con distintos títulos diplomáticos, que estuvieran en Roma para conseguir el Patronato o algún arreglo parecido.

La Santa Sede, bien informada de lo que pasaba en México, se sostuvo en su postura de no ceder, con el agravante de que en la medida que pasaban los años, el golpeteo a la Iglesia era cada vez más intenso.Para 1831, el Papa nombra seis obispos nuevos para Diócesis mexicanas, cuyos candidatos son seleccionados por los cabildos catedralicios de las Diócesis, pero presentados al Estado mexicano para que de su pase.

Tales obispos son personas de muy reconocido prestigio, doctorados, hombres que han ocupado puestos públicos en la administración.

Pronto, los nuevos obispos se manifiestan firmes promotores de la separación de la Iglesia y el Estado. Son brillantes en su defensa de loa derechos de la Iglesia, como lo muestra el hecho de que Dn Juan Cayetano Gómez y Portugal es nombrado Cardenal por el Papa Pío IX, cuyas Bulas de nombramiento apenas alcanzaron el cadáver del indomable obispo.

La segunda generación de aquellos obispos, sacó también la casta, entre los que estaban Dn Clemente de Jesús Munguia y Dn. Antonio Labastida y Dávalos.