Areópago

¿De qué calidad de políticos necesitamos?

Con la visita pastoral del Papa Francisco, los mexicanos pudimos observar a políticos que con fina cortesía saludaban al Papa, desde el Presidente de la República, abarcando todos los niveles de gobierno, lo mismo que civil, judicial y militar, mientras que los comentaristas que buscaban conservar la pureza del “estado laico”, con el argumento de que el Papa es un jefe de Estado, que sí es cierto, pero también es un jefe religioso al más alto nivel. Este comportamiento de políticos locales, lleva a la consideración de que el “estado laico”, no se rompe ni se mancha con la participación de sus personeros en actos litúrgicos. El “estado laico” se cumple, nomás que sus representantes no actúen como si la religión que profesan, la obliguen al pueblo que gobiernan, y con su participación en un acto litúrgico no están quebrando la laicidad del Estado.

     El evento que comentamos, nos lleva a la reflexión de cuál es la calidad del político que necesitan las comunidades, sin que con esta afirmación se quiera exigir a nuestros políticos que se pongan a rezar públicamente por sus gobernados. En un documento del Papa Francisco se habla del político que necesitamos donde expresa: “¡Ruego a Dios que nos regale más políticos a quienes les duela la verdad de la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres! Es imperioso que los gobernantes y los poderes financieros levanten la mirada y amplíen las perspectivas, que procuren que haya trabajo digno, educación y cuidado de la salud para todos los ciudadanos. ¿Y porqué no acudir a Dios para que inspire sus planes? Estoy convencido de que a partir de una apertura a las trascendencia podría formarse una nueva mentalidad política y económica que ayudaría a superar la dicotomía absoluta entre la economía y el bien común social (La Alegría del Evangelio, núm.  205).

     Los planteamientos anteriores van más allá de lo que puede ser la amistad entre obispos, sacerdotes y políticos, que cuando no se mantienen en su verdadero rol, se transforman en acercamiento sí peligroso, entre jerarquía y poder. Se ve muy necesario conservar el necesario diálogo sólo por el bien común social, como dice el Papa,  y no el amigo político que se transforma en benefactor de la Iglesia, creando justificación para quienes quieren ver una Iglesia uncida al poder, que no deja de crear una imagen desventajosa. Un ejemplo claro de esta conducta fue la comunión que recibió el Presidente de la República en la Basílica de Guadalupe como todos los fieles presentes, pero no se la dio el Papa Francisco que presidía esa Misa.