Areópago

Pena de muerte, igual a cadena perpetua

El 23 de octubre de 2014, el Papa Francisco dirigió un mensaje a la Asociación Internacional de Derecho penal, en el que abordó varios puntos sobre la pena de muerte y la cadena perpetua. El Papa observa que la aplicación de la pena de muerte o la cadena perpetua, no dejan de ser un “populismo penal” contra el “chivo expiatorio” social que se tiene en la cárcel y que no puede evadirse, sobre todo por la “cárcel de alta seguridad”, que no deja de ser una tortura donde se ha refundido al reo, sin dejar de observar sobre la posibilidad de una sentencia judicial dada con deficientes informaciones e incluso, con evidente equivocación, errores judiciales que no se pueden reparar.     Asunto muy grave en este reglón, es el hecho económicamente gravoso para el Estado el de la “prisión preventiva”, que algunas veces llega a elevar a más del 50% de presos sin sentencia, que no deja de ser “un ejercicio arbitrario y despiadado del poder sobre las personas privadas de libertad”. No deja de ser preocupante el ensañamiento judicial contra el reo a quién ya desde su captura se le trata con palabrotas humillantes, modos violentos y,  en la cárcel se le aplican tratos que le dañan física, moral, psicológicamente, ect., que llegan a provocar el reo depresiones a incluso ganas de suicidio.  No es un éxito social el que un partido político trate de allegarse electores promoviendo la cadena perpetua o la pena de muerte.     Tanto la pena de muerte como la cadena perpetua son el producto de la corrupción. “El corrupto atraviesa la vida con los atajos del oportunismo, con el aire de quien dice: “No he sido yo”, llegando a interiorizar su máscara de hombre honesto. Es un proceso de interiorización”.     Continúa el Papa: “La corrupción se expresa en una atmósfera de triunfalismo porque el corrupto se cree un vencedor. En ese ambiente se pavonea para rebajar a los demás. El corrupto no conoce la fraternidad y la amistad, sino la complicidad y la enemistad. El corrupto no percibe su corrupción. Se da en cierto sentido lo que sucede con el mal aliento: difícilmente quién lo  tiene se da cuenta de ello; son los demás quienes se dan cuenta y se lo tienen qué decir. Por tal motivo el corrupto puede salir de su estado por remordimiento interior de su conciencia. La corrupción es un mal más grande que el pecado”.