Areópago

Obispos y presbíteros: no son príncipes

En el corto pontificado del Papa Francisco, ya varias revistas de carácter internacional, han publicado en su portada la fotografía del Papa, con un hálito de simpatía por la forma como se está presentado al mundo, pero sobre todo por lo que dice, sus actitudes y una serie de congruencias con la sencillez y la pobreza. La más reciente fotografía la ha editado una revista que se ocupa de asuntos de música moderna.
Estos hechos que llaman la atención del Papa Francisco, se comentan con otros de índole pastoral, como el ponderar que en la Exhortación papal, “El gozo del Evangelio”, el Papa cita con más abundancia que cualquier otro documento, el de Aparecida, acontecimiento de la V Conferencia Episcopal Latinoamericana, celebrada en Brasil, en la que él ocupó el notable cargo de coordinar los textos del citado documento, que era el resultado de las reflexiones de las cerca de treinta conferencias episcopales de América Latina. No hay Papa que le haya dado tanta atención al episcopado latinoamericano.
Hace pocos meses, una representación de obispos del continente americano se reunieron en la Basílica de Guadalupe para reflexionar sobre la “Misión Continental”, que fue un tema del documento de Aparecida.
En un mensaje videograbado, el Papa dijo a obispos y Cardenales ahí reunidos: “La tarea evangelizadora supone mucha paciencia, mucha paciencia, cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña. Y también sabe presentar el mensaje cristiano de manera serena y gradual, con olor a Evangelio como lo hacía el Señor. Sabe privilegiar en primer lugar lo más esencial y más necesario, es decir, la belleza del amor de Dios que nos habla de Cristo muerto y resucitado”.
“La actitud del verdadero pastor no es la del príncipe ni del mero funcionario atento principalmente a lo disciplinar, a lo reglamentario, a los mecanismos organizativos. Esto lleva a una pastoral distante de la gente, incapaz de lograr y favorecer el encuentro con Jesucristo y el encuentro con los hermanos. El pueblo de Dios que se le confía necesita que el obispo vele por Él sobre todo aquello que lo mantiene unido y promueve la esperanza en los corazones. Necesita que el Obispo sepa discernir, sin acallarlo, el soplo del Espíritu Santo que viene por donde quiere, para el bien de la Iglesia y su misión en el mundo” (Noviembre de 2013). Así pues.