Areópago

Cotidiana violencia

Sofía, chica que está terminando la licenciatura de psicología, el viernes anterior a este, un joven montado en bicicleta, con amenazas y golpes, le arrebata su bolso con útiles escolares y unos pocos billetes; en un centro comercial, un joven observa a las cajeras, va y compra un marcador y con él amenaza a la que observó como más ingenua. En un templo de la ciudad, alrededor de 30 trabajadores oran por su compañero encontrado muerto, el mismo día que los periódicos locales publican que en una cajuela de coche se encontraron a tres hombres asesinados. En estos días, circulan por Internet llamados de alerta para que la población se cuide de promotores de productos, que con hábiles engaños logran penetrar en los hogares, y llevarse televisores y enseres del hogar. La página del “Código Rojo” en la laguna, publica un aviso que le llama “Nueva modalidad de robo”, que juntamente con otras alertas, se habla de que la población está a merced de los rateros, ahora a domicilio. Se pueden enlistar más datos que nos hacen llegar a la conclusión de que la violencia no ha disminuido, sino que se presenta con modalidades nuevas, que logran impacto, sobre todo a personas que no se ocupan en informarse. Esto ciertamente contradice a las autoridades que oficialmente dicen que la violencia ha disminuido. Lo anterior nos puede poner en caminos que conducen al desaliento total, a la desconfianza generalizada, al reclamo osco a las autoridades que no cumplen bien su papel. Sin embargo, como humanos, estamos necesitados de crear condiciones que tengan salidas hacia la paz auténtica, la que se construye con la práctica de la justicia, de la honestidad. No se puede construir la paz con el despiste en cada ciudadano, como tampoco con la sordera en autoridades gubernamentales y financieras. No podemos justificar la agresividad mientras manejamos un vehículo, diciéndole al chofer que no maneja bien, hasta quién es su mamá. Cuando los reclamos son de justicia social, mientras ésta tarea no se cumpla, no habrá paz.

Hace tiempo que a las autoridades, en sus tres niveles, se les descarriló el tren de la paz. No es aventurado decir que la construcción de la paz es responsabilidad del ciudadano. Con amor al trabajo honrado, a la participación en toda obra de bien común, se ofrecerán alternativas a los violentos, creando una alternativa donde el dinero y el poder no sean los principales motivadores, sino el espíritu fraterno y la construcción de la democracia, que por lo visto esta no la tienen en cuenta los diputados y senadores, cuando sus votos en el Congreso son por intereses que representan.