Areópago

Adictos a la pantalla del celular.

Un empleado de una gasolinera de la ciudad de Torreón, no pudo atender a un cliente que quería tanque lleno para su vehículo, porque el citado empleado estaba clavado en la minipantalla de su teléfono celular, atendiendo sus asuntos personales, en un lugar en el que lo contratan para que atienda al público. Esa minipantalla de celular, últimamente se ha convertido en un elemento cultural difícil de controlar, porque se encaja en la vida del ciudadano como un elemento imprescindible. Miles y miles de personas –donde ya se incluyen algunos clérigos-, clavan su vista sobre la pantalla de su celular, estando en la oficina, caminando por la calle, en la banqueta, en la plaza, en  la cantina, en el templo, en el aula escolar. En el sentido de estar bien informado, no está mal; pero en otros muchos sentidos, sí está mal, cuando quita la posibilidad del diálogo con Dios, con el prójimo y no deja espacios para la reflexión, menos para reflexiones espirituales, filosóficas, etc.
Hoy en día, la cultura dominante que se transmite por los grandes medios de comunicación social, por las propagandas, por las modas. Pone el énfasis en la posesión inmoderada de propiedades y dinero. A este respecto, el Papa Francisco observa: “En la cultura predominante, el primer lugar está ocupado por lo exterior, lo inmediato, lo visible, lo rápido, lo  superficial, lo provisorio. Lo cual cede el lugar a la apariencia. En muchos países, la globalización ha  significado un acelerado deterioro de las raíces culturales con la invasión de tendencias pertenecientes a otras culturas económicamente desarrolladas, pero éticamente débiles”(La alegría del Evangelio, núm. 62).
Si como observa el Papa: “lo real cede el lugar  a la apariencia”, es explicable como se alteran las conductas al contacto de la cultura dominante. Hablando de moral, se pueden cometer las más grandes inmoralidades, pensando que se va en el tren de la historia. Hablando de vida cristiana, se pueden borrar las convicciones bajo el pretexto de que todas las religiones hablan de Dios y que por lo tanto, todas son lo mismo. La fe se sacia en un mercado de religiones, donde cada quién busca “a la carta” la que le acomode.
La verdad ya no es una búsqueda. El amor es acomodaticio, sin convicciones, sin perseverancia, sin entrega. La comunidad ya no es para educar en la fe, ni en la democracia, ni en la fraternidad. Todo hay que aventar por la ventana, porque en nombre de la liberta, hoy se entroniza el desorden, el caos. ¡Todos contra todos! ¿Y el Padre Nuestro? También lo volamos por la ventana, menos “a mi Padre Nuestro”.