Balurdo

Hacia un apunte para la escena

En alguna ocasión, tras concluir una sesión del taller de dramaturgia “Letra en escena”,  Vicente Leñero y el colectivo compartimos el pan y la sal en un café de la avenida Chapultepec.En esa ocasión estábamos Teresa Riggen, Víctor Castillo, José Ruiz Mercado, Jorge Fábregas,  Consuelo Pruneda, Mari Paz Gómez Pruneda, Teófilo Guerrero, y otros dramaturgos. Vicente Leñero nos preguntó sobre los rituales personales que cada uno de nosotros empleábamos en la escritura.  A lo cual le comenté que, con frecuencia,  cuando estaba en un proceso creativo solía repasar en voz alta los diálogos de mis personajes teatrales, aprovechaba los paseos que hacía por el Parque de la Estrellas, o por la propia Avenida Chapultepec.  A Vicente  Leñero le hizo gracia mi manera de revisar los textos teatrales. -Así que vas como loquito diciendo los textos -me dijo jocosamente-, luego me preguntó en una forma más seria sobre el porqué me funcionaba hacerlo de esa manera. Le comenté que así podía darme cuenta de la fuerza e intención de los diálogos y podía observarlos desde fuera de mi mente, y desde fuera del papel de la máquina de escribir; en aquel tiempo una Olivetti portátil, que aún conservo, era mi instrumento de escritura. Recuerdo que,  luego de escuchar nuestras manías y hábitos empleados durante el proceso de escritura, nos comentó que todos los procesos tenían por objetivo el apropiarnos de nuestras propias obras para hacerlas independientes de nosotros mismos.  Un paso necesario en el proceso de escritura. La técnica de revisar los textos diciéndolos en voz alta uno a uno, ya es historia, dejé de hacerlo hace  bastante tiempo; sin embargo, reflexionar sobre el hecho, me ayudó a entender; que en el proceso dramático siempre debemos poner énfasis en la selección de la palabra exacta que diga nuestro personaje. Ya que en las palabras está el ritmo, en el ritmo la imagen y la intención, y en el ritmo encontramos la acción. Siendo la palabra el germen de la partitura de la acción, por eso debemos cuidarla con detalle y ser precisos y contundentes. Ya decía William Shakespeare “Te ruego que recites el pasaje, con soltura y naturalidad. Pues si lo haces a voz de grito, valdría más que diera mis versos al pregonero para que los voceara.” Lo anterior es una cátedra  que Hamlet ofrece a los cómicos que contrató para desenmascarar al asesino de su padre. Es un texto que nos hacen aprender en el preámbulo iniciático de la actuación.  Lo hacen para que tengamos conciencia de la palabra, de los diálogos y de su importancia en el acto escénico. Por tanto un actor debe ser ante todo un excelente lector que pueda entender y dominar la palabra. Cosa, que de entrada, no es fuero común en la mayoría de nuestros estudiantes de actuación y en muchos de los ya iniciados y con probada experiencia. La gente de teatro somos malos lectores. Y las más de las veces nos conformamos sólo con leer el libreto que se va a representar. Observándose además que el trabajo de escritorio es subvalorado en muchas puestas en escena.  Situación que nos limita en el dominio de la magia de la palabra.