Articulista invitado

El 'brexit': retos para el rediseño del proyecto de integración

Pase lo que pase con el llamado a las urnas de este jueves 23 de junio en el Reino Unido, el hecho es que el proyecto de la Unión Europea debe entrar en un proceso de introspección pospuesto desde hace muchos años.

La idea de la integración de Europa tiene tantos impulsores como la cronología permite registrar: desde el abad de Saint Pierre, pasando por Kant, Saint Simon, Victor Hugo o Monnet, cada quien desde su propia lectura y circunstancia habían pugnado por la unidad de Europa como el mecanismo más eficiente para acabar con los conflictos armados.

En cada una de estas propuestas, en mayor o menor medida, se convocaba a los Estados a ceder parcelas, competencias, responsabilidades sobre asuntos cuya gestión conjunta reduciría los riesgos de una resolución violenta. Las lecciones de las dos guerras mundiales era un incentivo indiscutible para acometer un proyecto de tal envergadura.

Con sus bemoles, sus taras institucionales y frente a sus detractores, el proyecto comunitario europeo fue tomando fuerza y consistencia. La divisa “Una unión cada vez más estrecha entre los pueblos europeos y su concepción supranacional”, fue ganando terreno frente a las reticencias encarnadas en la narrativa intergubernamental y soberanista.

Este 23 de junio se presenta nuevamente este debate, pero ahora con la modalidad de referendo, y auspiciado por el Reino Unido, una de las naciones pertenecientes a la Europa comunitaria y que desde su integración a principios de 1970 a la entonces Comunidad Económica Europea, siempre ha interpretado a este proceso desde la rentabilidad estrictamente económica, en contraste con otros destacados miembros comunitarios como Francia, España, Italia o Alemania, cuya lectura en general asocia el proyecto comunitario como parte del proceso de construcción de la identidad europea.

Ahí es precisamente donde comienza una historia cuyo desenlace, sea cual fuere este el de hoy, solo comprueba dos interpretaciones sobre un mismo proyecto.

Reino Unido plantea varios cuestionamientos, que bajo la expresión general de brexit, sustentan la pretensión de salir de la Unión Europea:

1) No desea pertenecer al proceso de integración progresiva encarnado en la expresión “Una unión cada vez más estrecha”.

2) Que los parlamentos nacionales deben tener amplias facultades para adaptar e incluso vetar la normativa comunitaria, que por supuesto viola el principio de primacía del derecho comunitario sobre las legislaciones nacionales.

3) Que el euro, uno de los logros más importantes del proceso de integración, no sea la moneda preponderante, sino que haya otras monedas de referencia.

4) Restricción de los beneficios sociales a los inmigrantes, que hasta el día de hoy tenían una serie de apoyos complementarios, especialmente para los ingresos más bajos.

Por supuesto hay más temas de polémica, pero estos cuatro enmarcan la narrativa británica: la Unión Europea no permite globalizar al país; buena parte de sus políticas están condicionadas desde Bruselas; su integración al espacio comunitario le ha restado relevancia en el concierto de las naciones y por supuesto que puede crecer sin la UE.

Las tendencias apuntan hoy a una casi imperceptible ventaja del apoyo a la permanencia. Esta tendencia fue apuntalada por un suceso dramático como lo fue el asesinato de la parlamentaria laborista Jo Cox, y quizá este suceso tenga algún papel en los resultados de este día.

Sin embargo, si la votación apunta a la salida, el país debe estar preparado para enfrentar retos inéditos desde diferentes frentes: las afectaciones derivadas de su salida del mercado europeo, pues ya no va a ser beneficiario, entre otras cosas, de los aranceles comunes, lo que por supuesto lo lanza a la necesidad de proponer algún vínculo mediante la figura de asociación privilegiada y en ello la facultad recae en los socios comunitarios, algunos de los cuales querrán castigar la afrenta británica; las normativas sobre movilidad de ciudadanos comunitarios se verían inevitablemente modificadas, con lo que ello supone en el costo de la mano de obra, los impactos en la escala salarial y la restricción a los movimientos de ciudadanos británicos al espacio europeo.

En el ámbito de lo político y geopolítico, no cabe duda de que un presunto éxito del brexit (British exit) daría vida a procesos casi resueltos o en proceso de gestión como Escocia, que en 2014 debatió en referendo su adhesión al Reino Unido.

Hay varios parlamentarios escoceses que opinan que el triunfo del brexit se asienta sobre intereses de Londres, por lo cual consideran que es legítimo convocar a un nuevo referendo. Sea lo que resulte de estas expresiones, el hecho es que el tema se volvería a colocar sobre la mesa. Y como Escocia, otras expresiones nacionalistas podrían verse estimuladas como la inacabada cuestión de Irlanda del Norte o las expresiones catalanas y vascas, entre otras.

Sin embargo, el principal impacto del brexit no es necesariamente económico, político o geoestratégico. El referendo tiene un efecto muy difícil de cuantificar en la propia concepción originaria del proyecto comunitario europeo.

Una Europa a la carta, según los intereses de cada nación, atenta contra una unión progresiva; las restricciones a la inmigración comunitaria violan el principio de no discriminación; la negativa a aceptar al euro como moneda de referencia reduce las posibilidades de fortalecimiento del mercado común.

Todo ello obliga a la UE en su conjunto, más allá de los resultados de este 23 de junio, a reflexionar sobre la viabilidad, pertinencia, la sincronía del proceso comunitario con los tiempos y necesidades actuales. Quien piense que el brexit se puede leer solo desde la economía no entiende que lo que está en juego es la sustentabilidad de uno de los proyectos de integración más importantes del último siglo.

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Doctor en relaciones internacionales