Panóptico

Padres ‘normales’... y asesinos de sus hijos

El domingo pasado se celebró con bombo y platillo el Día del Niño, un festejo más comercial que afectivo, con padres más apurados en conseguir regalos caros para que nadie apantalle a sus pequeños con el juguete o el gadget de moda, que en llevarlos al parque.

La mayoría de estos papás y mamás olvidaron, como recomendaba Miriam Colín el viernes pasado en esta misma página, dejar a sus hijos ser niños, dejarlos vivir auténticamente su infancia, antes que distraerlos con videojuegos o celulares.

Siempre será más emocionante para un niño treparse a un árbol o pedalear una bicicleta que andar montado pasivamente en un carrito de baterías, que lo volverá obeso y atenido a que sus padres y la tecnología hagan las cosas por él.

Pese a todo, en ambos lados de esta moneda no está en riesgo inminente la vida de los menores, como sí lo está cuando dentro de su misma casa se enfrentan con adultos intolerantes, violentos y psicópatas capaces de matarlos.

Por desgracia dos niños sí fueron asesinados el miércoles, apenas tres días después del Día del Niño: a Gerson Santiago, de cuatro años, lo mató su padrastro, quien en lugar de cuidarlo y consolarlo ante su enfermedad gastrointestinal, lo golpeó en el abdomen, le perforó el intestino y pese a que horas después lo llevó al hospital, no pudo salvarse.

Y a José Alejandro, de tres años, lo hallaron semicalcinado y envuelto en sábanas en el regazo de su madre. Nadie sabe qué pasó, pero todos sospechan que quien le dio la vida también se la quitó.

Dentro de cinco días será Día de las Madres y todos habremos olvidado a Gerson Santiago y a José Alejandro, prohijados por familias normales en las que su infancia debió ser feliz y su futuro garantizado.

Hay que cuidar, como sociedad, a todos los niños, porque vivir con sus padres no es garantía de supervivencia.

Y cuando estas tragedias ocurren, los políticos, diputados, arzobispos, curas, empresarios y ONG defensores de la familia tradicional hacen como que la Virgen les habla para no dar la cara.

No vimos ayer ni sus opiniones... ni sus protestas.

 javier.sepulveda@milenio.com