Panóptico

Familias, máquinas del machismo…

La escena era recurrente: Ve, hija mía, con tu madre a la cocina, para que aprendas las labores propias de una mujercita, que yo me haré cargo de tu hermano para enseñarle cómo ser un hombre, decían no hace mucho los amorosos padres a sus hijas.

Y cuando las hermanas y los hermanos crecían y comenzaban a exhibir el aprendizaje de las lecciones de papá y mamá, las mujeres tenían que demostrar que ya sabían cocinar, preparando la comida para sus hermanos y ellos, a su vez, exigiendo no sólo el plato servido, sino también la ropa planchada.

¿O será que esa historia, casi bíblica, como aquella de que Dios hizo a la mujer de una costilla del hombre, sigue replicándose en Nuevo León?

Porque según las cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), la situación de la violencia contra las mujeres no muestra, para nada, un panorama halagüeño.

Un extracto de las cifras alarmantes del INEGI:  (…) la violencia contra las mujeres es un problema de gran dimensión y una práctica social ampliamente extendida en todo el estado, puesto que 62 de cada 100 mujeres de 15 años y más, residentes en Nuevo León, ha experimentado al menos un acto de violencia de cualquier tipo: emocional, física, sexual, económica, patrimonial, y discriminación laboral, mismas que han sido ejercidas por cualquier agresor, sea la pareja, esposo, novio, algún familiar, compañero de escuela o del trabajo.

La capital del estado, Monterrey, es la segunda ciudad más importante del país en términos económicos y tiene uno de los niveles educativos más altos, después de la Ciudad de México.

Pero está visto que la educación formal no erradica el analfabetismo de género, ni tampoco la posesión de una gran riqueza. El ejemplo más nítido y brutal es Donald Trump, el presidente electo de Estados Unidos.

El machismo no lo cura la escuela ni la cárcel. Reeducar en la equidad de género y formar a las nuevas generaciones con valores de igualdad y fraternidad tal vez eviten, por lo menos, nuevos asesinatos de mujeres. El reto es grande, pero no imposible.

javier.sepulveda@milenio.com