Panóptico

Nuevo León no es Ayotzinapa (II)

La marcha de ayer para exigir la aparición con vida de los 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa, Guerrero, fue una verdadera lección para sus miles de asistentes y también para el resto del país.

Como lo narra el periodista Gustavo Mendoza en su crónica, ahí estaban estudiantes de las universidades locales más importantes: la UANL, el Tec, la UDEM y la Universidad Metropolitana.

Pero también iban las más disímbolas agrupaciones, desde las de la diversidad sexual, la gente de la cultura que pocas veces toma la calle, hasta Pueblo Bicicletero o el Grupo Tayer, que salieron a gritar consignas del brazo de las familias de los desaparecidos en Nuevo León.

Estaban ahí familias enteras, madres con sus hijos, adolescentes con sus mascotas y muchísima gente de todos los rincones de la ciudad, San Pedro incluido. Todos ellos se volvieron una sola masa vibrante.

Para quienes fue su primera marcha, se trató de una verdadera lección de vida. Aprendieron que salir a la calle a gritar lo que nos duele es siempre una forma de sacar la furia contenida.

La lección para Nuevo León es que la gente de todos los rincones de la ciudad, de todas las clases sociales, de todas las ideologías, credos y preferencias sexuales, de todas las profesiones y edades puede unir sus voces y lanzar un grito urgente por la justicia.

La lección para el resto del país es que en Nuevo León sí se puede protestar, gritar, exigir, mentarle la madre al gobierno en una marcha y no causar destrozos ni molestar a terceros en su persona o sus propiedades.

No se vale salir a protestar bajo la convicción de que no se busca quién nos la hizo, sino quién nos la pague, como ocurrió ayer en la Ciudad de México.

Cierto, Ayotzinapa es para muchas regiones del país la válvula de escape para recordarnos su tragedia social: la pobreza, la inequidad, el olvido oficial, el abuso de los caciques, la corrupción y el saqueo de sus riquezas naturales.

Pero la violencia callejera y el vandalismo no son el camino para llegar a la justicia. Las revoluciones que hoy transforman al mundo son pacíficas y se pelean con la inteligencia, la tecnología y la educación, no con piedras, palos y cuchillos.

Por lo menos eso ya lo tenemos claro en Nuevo León…

javier.sepulveda@milenio.com