Panóptico

Juárez, ¿contra el enemigo histórico?

A 141 años de su muerte, Benito Juárez sigue causando polémica. Las leyes de Reforma que le quitaron a la Iglesia el control territorial de millones de hectáreas y la instauración del Estado laico, es algo que muchos aún no le perdonan al Benemérito de las Américas.

En Nuevo León no es la primera vez que una estatua suya es degradada y hasta humillada su memoria histórica, al suplirla por una de San Miguel Arcángel, como bien recordaron historiadores y cronistas locales.

Fue en agosto de 2000 cuando el entonces alcalde de Bustamante, Jorge Santos, casualmente también panista, decidió retirar la estatua de Juárez para poner en su lugar una de San Miguel Arcángel.

Igual que esta semana, cuando MILENIO Monterrey publicó la pifia cometida por el municipio de San Nicolás, de pintar de verde el monumento en bronce de Benito Juárez, la noticia ganó en aquel momento revuelo nacional y causó rechazo entre historiadores, académicos y políticos.

Tuvieron que pasar casi 13 años para que el monumento de uno de los personajes históricos de este país regresara a su lugar original, ganando de nuevo una batalla contra un icono religioso, al ser retirado San Miguel Arcángel y colocado Juárez en el sitio que siempre tuvo, en Bustamante.

Pero esta vez la reacción del alcalde panista Pedro Salgado fue inmediata, ante el escándalo y la mofa que a nivel nacional hicieron de su administración al conocerse que la piel del prócer había sido pintada de verde y de colores diversos su indumentaria, a la que agregaron también una banda presidencial.

Algunos quisieran inscribir estos episodios en posiciones ideológicas históricamente divergentes: los panistas “descendientes de Maximiliano” que buscan seguir defenestrando a Juárez, contra los masones y comecuras que persiguieron y mataron compatriotas en el Bajío durante la guerra cristera.

Más que una motivación ideológica, tras estos incidentes que muchos interpretan como “odio panista” contra Juárez, subyace una profunda ignorancia de la historia de este país.

Igual que bautizar una avenida como Juan Pablo II no es un ataque a la laicidad del Estado, sino más bien un acto de populismo para explotar la religiosidad del mexicano.

Por fortuna, pesan más las figuras de Juárez y el Estado laico. Porque la Iglesia sigue en decadencia con personajes como Marcial Maciel…

javier.sepulveda@milenio.com