El poder y el encanto de cerrar una calle

La única vez que había yo visitado Isla Mujeres Quintana Roo había sido en mi juventud cuando esta era una isla virgen de playas prístinas y vegetación exuberante.

Este fin de semana regresé para ser testigo de un evento singular: la boda de mi hijo Javier con su ahora esposa Rachel, una ceremonia enmarcada por el mar, el atardecer y una austera tienda de tela blanca sobre la arena limpia y suave de igual color, donde la feliz pareja pronunció con emoción y convicción sus votos de amor eterno; el beso de los recién casados, las emotivas palabras de familiares y amigos, la música, los brindis, la cena, el baile, el mariachi, los abrazos y las lágrimas en este escenario de ensueño tocaron las fibras sentimentales de la íntima y multicultural audiencia.

En los días previos pudimos recorrer la isla en bicicleta entre un ligero y respetuoso tráfico constituido por cientos de taxis rojos y carritos de golf, principales medios de transporte. Como buen promotor de los espacios públicos no pude dejar de admirar, recorrer y disfrutar la bulliciosa calle principal del centro, punto de encuentro de locales y turistas, una angosta calle de 7 metros de ancho que va de la playa más hermosa que yo haya conocido al palacio Municipal, cerrada desde luego al tráfico vehicular.

Restaurantes con mesas y sombrillas sobre la calle, tiendas de artesanías, ropa de playa, bisutería a base de conchas de mar, bares y discotecas, puestos de cocos y golosinas todos con rústicos carteles promocionando su última oferta en micheladas y platillos sugerentes, un mimo que te acompaña y te invita a que te tomes la foto con el. Esta calle me recordó, no lejos de ahí en Playa del Carmen, una calle más amplia, más larga, más sofisticada pero igualmente peatonal, bulliciosa y cosmopolita al grado de que se dice que si no recorres la 5a avenida no has estado en Playa del Carmen; y me vinieron a la mente muchas de las calles peatonales que he tenido oportunidad de recorrer en el mundo, la StrØget en Copenhague considerada la calle peatonal más larga del mundo, la Rue Santa Catarina en Burdeos centro del comercio en la ciudad, Venecia que debido a lo angosto de sus calles y las dificultades que impone estar rodeada de canales, no permite la entrada de autos haciéndola la ciudad peatonal por excelencia y por lo mismo encantadora; la calle de los Mesones en Granada, la calle Madero en la Ciudad de México que, después de sacar los carros se ha convertido en punto obligatorio de visita y recorrido diario de cientos de miles de turistas y capitalinos y es hoy en día el lugar de más alto valor inmobiliario en todo el país, los centros históricos de Puebla y Chihuahua y, sin ir tan lejos las calles peatonales del centro histórico de León con todo su estilo y sabor por mencionar tan solo algunas de las calles peatonales que me ha tocado la dicha de conocer. Todas ellas comparten las mismas cualidades: llenas de gente, comercios en auge, embellecidas sobre la marcha en sus fachadas, centros de reunión, de visita, de encuentro y convivencia social y familiar de todas las clases sociales, paseo de enamorados de todas las edades y deleite de los niños, auténtica vida en ciudad tan escasa en estos tiempos.

Paseando por esa calle espléndida de Isla Mujeres me preguntaba qué temen o que esperan nuestros alcaldes y autoridades para peatonalizar sus centros históricos y sus alrededores transformándolos en lo que nunca debieron de haber dejado de ser, el vibrante centro de la vida y el comercio en la ciudad.

 

"Sobre mi cadáver": http://www.javierhinojosa.mx/articulos/ciudadeshumanas/item/269-sobre-mi-cadaver.html