Caminando a todos lados

“Una ciudad que aleja al hombre

 de las cosas que puede hacer

 caminando es una trampa para el

hombre mismo”

Arnold J. Tornbee,

historiador y filósofo británico

Yo nací en Monterrey pero crecí en la Ciudad de México cuando era una ciudad de apenas 5 millones de habitantes, mi padre, un asalariado de clase media, compró con mucho sacrificio un terreno en la colonia Del Valle y construyó una casa a la que nos cambiamos a medio terminar, fuimos de los primeros colonos y desde ahí pude ver cómo fue creciendo ese microcosmos que era la calle de Anaxagoras, la cuadra, mi barrio, el mundo conocido para el niño y adolescente que fui.

En la esquina estaba Don Isaac que vendía refrescos y golosinas y a la vuelta Don Benito un señor muy serio en un changarro oscuro siempre atiborrado de gente que tenía siempre todo lo que le pidieras, junto a él el tintorero que planchaba con vapor y repartía la ropa en bicicleta, enfrente el zapatero que ponía tacones y medias suelas a los zapatos agujereados hasta el calcetín de tanto caminar y jugar en las banquetas, en la otra esquina, la bonetería de lujo y junto a ella “la Equitativa”, una modesta papelería atendida por una encantadora viejecita, al final de “la otra cuadra” la farmacia Claret y doblando la esquina, la Iglesia a la que íbamos en familia llevando de la mano a las hermanas pequeñas y a la que llegábamos caminando muy arreglados a misa de 12 los domingos. Ir al pan era una aventura para la que había que cruzar cinco calles y una avenida, pero la ilusión de ver, aunque fuera de lejos a alguna nueva vecinita y comerse un polvorón en el camino, pagaba con creces la experiencia. Mi escuela estaba a seis larguísimas cuadras que recorría a pie cuatro veces al día con una pesada mochila a cuestas, todo se hacía a pie, todo estaba al alcance, a todos lados se llegaba caminando.

Enfrente, en la casa más grande vivían los Ennis, los ricos de la cuadra, la mayoría eran casas unifamiliares con inquilinos de los más diversos ingresos, había algunos duplex y después se fueron construyendo varios edificios de departamentos que ampliaron aún más la gama social, la banqueta era lo suficientemente amplia para darle la vuelta a la manzana en bicicleta o en patines, en esas banquetas fuimos creciendo en una convivencia sin clases en la que nos mezclábamos sin distinción ricos y pobres, niños y niñas, grandes y chicos, las mamás se juntaban a tejer y platicar mientras nosotros jugábamos a todo lo imaginable, fuimos descubriendo juntos los secretos de la vida con una complicidad adolescente que hizo aún más fuertes los lazos de amistad y camaradería, imitábamos buenos y malos ejemplos, admirábamos a los vecinos universitarios, mirábamos con recelo y curiosidad a los recién llegados pero pronto los acogíamos en el grupo, compartíamos por igual alegrías y desventuras, fiestas, posadas, gritos de independencia, cumpleaños, bautizos, sepelios, graduaciones, bodas y tardeadas, una vida en comunidad que de sólo evocarla me llena de sentimientos y recuerdos.

Después nuestros políticos y funcionarios y nosotros mismos empezamos a viajar a los Estados Unidos y a admirar desde el avión los racimos ordenados de casas igualitas y las concentraciones de naves industriales y ya en tierra firme las formidables autopistas sin semáforos que unían las zonas residenciales con los grandes centros comerciales en un vaivén de flamantes autos en movimiento y estacionamientos en cada tienda o restaurante… y caímos en la trampa de creer que ese era el futuro urbano y que era bueno zonificar la ciudad: separar en zonas residenciales de acuerdo a criterios de densidad sinónimo de ingreso, agrupar las industrias, los comercios y los servicios por separado, y nos deslumbramos con este espejismo urbano que parecía perfecto y feliz en el que caminar y andar en bicicleta era anticuado, tercermundista y peligroso. Nos enamoramos perdidamente de este esquema al grado de llevarlo a códigos, normas, leyes y reglamentos que hoy obligan a funcionarios y constructores a replicarlo apegándose al pie de la letra al libreto perverso de la segregación y la sectorización, dando muerte certera a los usos mixtos, al barrio, a la creación de comunidades, a la convivencia sin clases, a la ciudad compartida y a la magia de una vida que estaba al alcance de nuestros pies, para cederle el paso y entregarle sin recato nuestra ciudad a la oleada imparable de autos que comenzaron a invadir como plaga calles y avenidas y a apropiarse de los espacios y los presupuestos.

El Iplaneg tiene por delante la gran tarea de modificar una vez más el código urbano, recién pero insuficientemente modificado, para proveerlo con las leyes, normas, manuales, reglamentos y herramientas indispensables que nos permitirán regresar al punto de partida que nunca debimos de haber dejado, al de construir ciudades que nos saquen de esta trampa y nos hagan revivir todas las cosas buenas que suceden cuando acercamos todas las cosas que podemos hacer caminando. 

javier.hinojosa@me.com