Aprendiendo a ser irreverentes

"En los Estados Unidos poca gente confía en ti
a menos que seas irreverente"
Norman Mailer,
escritor estadunidense

El miércoles de la semana pasada nos quedamos por la tarde sin energía eléctrica las ocho empresas del pequeño complejo industrial donde tengo mi negocio, nos tomó 20 horas lograr que CFE la restableciera, como trabajamos tres turnos, un paro como éstos nos daña enormemente en términos económicos y de servicio, así que a la mañana siguiente al apagón acudí a la oficina de la paraestatal y me dispuse a preguntar qué había pasado con esta "empresa de clase mundial" y qué habría que hacer para que esto no volviera a suceder.

Me asomo a una ventanilla y le digo a una señorita que deseo hablar con el gerente y me dice con cierta autoridad que tome mi turno, acudo dócil a una maquinita con un solo botón que supuestamente te debe dar un papelito con un numerito para que cuando éste aparezca en la pantalla puedas pasar a la ventanilla, para que la asistente te acompañe a la oficina del gerente.

-Señorita, la máquina no funciona,

-Entonces fíjese bien quiénes llegaron antes que usted para que pase después de ellos...

Una señora está parada frente a una puerta de cristal desde donde se ve a un funcionario en amena charla con una de las secretarias y le pregunto si esa es la oficina del gerente y me dice que sí, que lleva hora y media sin que nadie le ponga cuidado.

En un temerario acto de arrojo ciudadano, abro la sagrada puerta y le digo sin más al gerente:

-¡Quiero hablar con usted!

Sin disimular su asombro me pregunta:

-¿Qué se le ofrece?

-¡Quiero que me expliquen por qué se tardaron 20 horas en restablecer el servicio en mi fábrica!

-Pase arriba con el ingeniero de distribución.

La osadía me ahorró por lo menos la espera de la señora de la puerta y de las otras ocho personas que llegaron antes que yo para que finalmente me dijeran lo mismo.

Ya arriba, el responsable se disculpó amablemente, me dio su tarjeta, su celular y su radio y me dijo que eso no tenía por qué pasar, que estos eventos deben resolverse en máximo dos horas y que lo podía llamar a cualquier hora de cualquier día si esto volviera a suceder.

Este episodio me hace reflexionar sobre la forma como hemos sido educados en nuestro país desde tiempos de la colonia para tratar con los servidores públicos de todos los niveles, desde el policía de la esquina hasta el presidente de la república, pasando por todos los escalafones de la inmensa burocracia empoderada que nos caracteriza, oprime y asfixia como país y con quienes nos topamos día con día en condiciones no siempre favorables.

¿Cómo es que siendo nosotros quienes pagamos con puntualidad y sacrificio sus sueldos junto con las generosas prestaciones que los acompañan, nos sentimos intimidados por ellos, nos achicamos, los adulamos, los reverenciamos y tememos represalias si no les damos por su lado? (quizás porque sabemos que llegado el momento sí las ejercen, como está sucediendo hoy en día a nivel federal con el ominoso regreso al autoritarismo y a la intolerancia).

¿Quién de nosotros hace antesala para que lo reciba uno de sus empleados?

¿Quién permite que el tendero le haga cuentas alegres y le cobre de más?

¿Quién consiente que un subordinado le robe, lo engañe o se enriquezca a sus costillas?

¿Quién acepta que un proveedor le entregue la mercancía tarde, cara y de mala calidad y de ribete tenga que pagarle una mordida?

¿Quién paga un curso y acepta que el expositor no sepa del tema o no asista?

¿Quién llega a un restaurante y tolera que no lo atiendan o le traigan la comida fría o descompuesta?

¿Por qué si es su trabajo atendernos y darnos un buen servicio, aceptamos malos tratos, deficiente servicio y que se vayan evaporando vertiginosa y escandalosamente nuestros dineros en el camino?

Ahora que vienen las elecciones podemos empezar a desacralizar a nuestras futuras autoridades y hacer el ejercicio de tratar a los candidatos a diputados, senadores, presidentes y funcionarios con un lenguaje más directo, menos sumiso, inaugurando una nueva forma de hablar con ellos más de igual a igual.

Hay que entender que esto no va a suceder de manera gratuita o voluntaria, es una batalla cultural que nos compete a todos y que comienza por hablar un poco más fuertecito, ser menos tolerante a los malos tratos, exigir transparencia y eficacia y castigar sin miramientos a los deshonestos.

Estoy convencido que si vamos aprendiendo a ser como nuestros vecinos del norte, un poco más irreverentes en nuestra relación con las autoridades, estaremos iniciando un cambio cultural de efectos muy positivos que puede empezar a equilibrar la balanza reduciendo poco a poco el poder de nuestras autoridades y empoderándonos poco a poco como sociedad.

javier.hinojosa@me.com
www.javierhinojosa.mx