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Venezuela

En 1999, el comandante Chávez llegó a la presidencia de Venezuela, después de algunos intentos fallidos. Después de Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera, encabezó un movimiento para acabar con la corrupción y los malos gobiernos del país sudamericano. El militar se asentó pronto en el Poder, sin respeto alguno por las instituciones; en nombre del pueblo y por el pueblo, la cara venezolana fue cambiando poco a poco, ayudado en un principio por los altos precios del petróleo. En un país productor de más de tres millones de barriles diarios a casi 100 dólares, con una población de menos de 30 millones de personas, alcanzaba para hacer milagros.

La nueva República Bolivariana generó además un discurso frente a Estados Unidos. Se alió con Cuba y Bolivia, coqueteó con Rusia y gracias al gas y petróleo, logró sostener un régimen que poco a poco se hizo más autoritario. El populismo, escuché decir al ex presidente Zedillo alguna vez, no es una ideología, porque hay populistas de izquierda y derecha. Es más bien una táctica para ganar el Poder, preservarlo y luego a nombre del pueblo, convertirlo en una herramienta que fulmina la democracia y dilapida las libertades.

Chávez, entonces, se había convertido rápidamente en un dictador. Expropió, silenció y maniató cualquier expresión contraria; signo de cualquier populista consagrado, es el no poder aceptar críticas, discutir o debatir. Era mejor escucharlo por largas horas, en sus interminables discursos y programas oficiales. Junto con el cáncer que padeció al final de su vida, bajó el precio del petróleo y con ello su popularidad. La fuerza de su régimen comenzó a debilitarse, y hacia su muerte en 2013 invistió a Maduro, iniciando así la continuación del régimen.

En estos cuatro años, el derrumbe de Venezuela resulta preocupante. La situación política es insostenible, la economía está destruida y la democracia aniquilada. El sector privado se encuentra desaparecido, y en las últimas semanas, las calles se han vuelto escenario de protestas sociales acompañadas por represión, encarcelamiento de líderes opositores, la salida de la OEA y maquinaciones que han terminado de aplastar a otros poderes públicos. En suma, reina el caos y el aislamiento absoluto.

Es difícil entender la falta de solidaridad de Latinoamérica con Venezuela, ante claros e inaceptables momentos en que la libertad pretende ser aplastada por las ganas de preservar el poder del dictador. Lo único que queda es desear desde aquí que el pueblo venezolano recobre la soberanía, reinstaure la democracia y que en paz puedan reconstruir después de lo que parece ser un terrible terremoto que ha durado casi 20 años. Al terminar, este tendrá al país en un lamentable regreso al pasado, en un volver a empezar.

El régimen popular habría de aniquilar la corrupción y los malos gobiernos. Sin embargo, con lo único que acabó fue con el empleo, las medicinas, la industria, la paz social, y sí, hasta con el papel de baño.