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No somos ninis

Uno de los grandes pendientes que tenemos en las políticas laborales alrededor del mundo tiene que ver con la gran cantidad de jóvenes que quieren trabajar y no pueden hacerlo. Para los que buscamos que los demás puedan tener un empleo, resulta preocupante que la generación más educada en la historia de la humanidad se enfrente a tasas de desempleo que duplican a la de la población en general, lo que representa una gran pérdida para la economía en su conjunto.

En México, la oportunidad que representa tener una estructura poblacional en donde cada año se incorporan a la fuerza de trabajo alrededor de 800 mil jóvenes, debería ser una razón suficiente para estimular un crecimiento económico mayor.

En este contexto, el reto que la propia Organización Internacional del Trabajo estima como el más fundamental que tenemos por delante, demanda la acción coordinada de políticas públicas que logren la activación plena de un mercado de trabajo que tiene barreras difíciles de superar para los jóvenes si actúan por sí solos.

En ese camino, uno de los objetivos en donde hemos centrado una mayor atención ha sido elevar la tasa de colocación, a través de estrategias acordadas entre las autoridades laborales y los factores de la producción. Los elementos para tener éxito en esta tarea son diversos, pero por ello depende de todos empezar a corregir condiciones que la dificultan.

Una de ellas tiene que ver con que los jóvenes frecuentemente enfrentan desde temprana edad presión para estudiar un cierto tipo de carrera, ya sea por tradición o porque dicen que "te puede ir bien." Ahí empieza el primer problema: se llenan las aulas de derecho, contabilidad y administración, profesiones saturadas que provocan que el joven se enfrente a condiciones de entrada complejas y poco competitivas cuando llega al mercado de trabajo.

En contraste, necesitamos fomentar el estudio de ingenierías y carreras técnicas, las cuales cobran relevancia en un mundo en donde la tecnología es la que está transformando al mercado de trabajo. Hoy nadie arma un coche ni una televisión; en las grandes industrias, el factor humano supervisa que los robots hagan esa tarea en tiempo y con calidad plena. De esta manera, la misión del trabajador es tener la capacidad para procesar información y transformarla en resultados, logrando que la línea de producción no se detenga porque se desprograma una máquina. Ante esta nueva realidad, se apareja un segundo factor fundamental: el conocimiento mínimo del inglés, idioma universal que es un pasaporte hacia un trabajo digno y decente.

De igual forma, es importante reconocer que el esfuerzo de vinculación con el sector productivo en las universidades tiene que ser mucho más profundo, generando con ello una mejor transición escuela-trabajo. Para nuestro país, este desafío implica darnos cuenta que el desarrollo y necesidades en cada región son distintas. Con esto, podemos empezar a pensar localmente en materia laboral; estudiar y trabajar cerca de casa debe ser un tema que aliente la productividad, en lugar de representar una barrera todavía mayor.

En nuestra entidad, la tarea del empleo juvenil ha generado expectativa, por lo que Eruviel Ávila ha determinado que nuestras acciones desde las Ferias del empleo, la certificación y capacitación por competencias y la vinculación efectiva, se acerquen a los jóvenes para lograr, como lo hicimos en 2015, llevar a su primer empleo formal a más de 20 mil jóvenes mexiquenses. Como muchos de ellos me dicen siempre, "no somos ninis, solamente necesitamos que nos den chance".