Columnista invitado

México, el Waterloo de Trump

Napoleón decidió marchar sobre Rusia, subestimando que a veces la estrategia del débil gana batallas y hasta guerras; Rusia tuvo paciencia, esperó, aprovechó el invierno y hasta incendió su ciudad. Napoleón regresó con una derrota que lo marcaría hasta Waterloo, donde acabó el sueño imperial.

Trump, en pocos días y con solo 30 por ciento de su ejército ciudadano respaldando sus primeras acciones de gobierno, ha iniciado una fatídica carrera, abriendo varios frentes de conflicto; atacó a los medios, habló sobre la tortura, rechazó el cambio climático, liquidó las ciudades santuario, decretó abandonar el TPP y ordenó la construcción del muro, acabando con décadas de una relación entre vecinos y socios. Sus mensajes de 140 caracteres dejan claro que estamos ante un presidente que piensa que está comprando terrenos o avasallando competidores.

Trump, el negociador, se topó con el mismo “no” que le ha repetido el presidente Peña Nieto desde hace meses y, de paso, dejó entrever que su juego es una especie de “serpientes y escaleras”, porque no hay estrategia, solamente ocurrencias que buscan hacer equivocar al rival, tirar los dados, esperar a ver en qué casilla terminas y luego volver a tirar otra vez.

El lamentable impuesto de 20 por ciento para financiar el inútil muro dejó claro que el gran negociador está utilizando a México como una especie de entrenamiento, porque pronto, y lo sabe, sus peores problemas vendrán de otras latitudes.

Aquí, esta semana los mexicanos nos unimos contra la agresión. Entendimos que en cuestión de horas, décadas de armonía y convivencia se convirtieron en incertidumbre y zozobra. Las redes sociales nos convirtieron a todos en cancilleres y aconsejamos al presidente Peña Nieto sobre qué debería hacer.

Lo importante hoy no es defender el Tratado de Libre Comercio o discutir sobre la construcción del muro; primero hay que ver por nuestros compatriotas en Estados Unidos y que los recursos de la red consular más grande de un país en otro nos permitan denunciar abusos que atenten contra los derechos humanos de las personas, terreno en el que nunca podrá ganar Trump.

Del mismo modo tenemos que repensar nuestra red de suministro de energéticos y abrir nuestras fronteras en lo inmediato a nuevos mercados; si la suerte para el TLC está echada, aprovechemos los más de 50 tratados y acuerdos internacionales firmados que nos convierten en una de las economías más abiertas del mundo.

Nuestros empresarios y trabajadores han dado señales firmes de estar listos para enfrentar el golpe que venga, y, desde el gobierno, yo no tengo ninguna duda de que el presidente Peña Nieto es un patriota que ama a México, por lo que sumándonos en torno a él podremos darle la fuerza política necesaria para que convocar a la unidad vaya más allá de nuestro ícono en WhatsApp y se convierta en una estrategia, que, como los rusos ante Napoleón, nos permita arriesgar, ser pacientes, inteligentes y audaces.

En aquel episodio, ningún ruso se quedó a cuidar que su casa no se quemara, todos jalaron parejo. Hoy es momento de hacerlo, porque México es para siempre, Trump, no; ambos países tenemos más en común, más conexiones y complicidad que lo que dicen los acuerdos escritos.

Más aún, México y los mexicanos, de aquí y de allá, sabemos lo mucho que creemos en los nuevos valores de la inclusión y no discriminación, de la pluralidad y de la diversidad que enriquece.

Serán días difíciles, tuitazo a tuitazo, negociaciones complejas y presiones desconocidas, pero será también la oportunidad, de una buena vez por todas, de que México se convierta en esa gran potencia dormida que somos, en ese país al que todos están volteando a ver, porque con dignidad y con inteligencia estamos enfrentado las embestidas de la irracionalidad.

Así como el muro no tiene cimientos y será derribado por la marea imparable de la integración, hacer grande a América otra vez no será posible sin México, y por eso aquí encontrará su Waterloo el presidente Trump.