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Vender todo para curarte

Cuando escuchamos en los medios de comunicación hablar sobre la informalidad en la economía, generalmente pensamos en los tianguis, los tacos de la esquina o los comerciantes que nos encontramos en la calle. Sin embargo, hoy la informalidad describe un problema más grande y mucho más grave de nuestro aparato económico. Las personas que están en ella no tienen un paraguas de protección, al cual todos al trabajar tenemos derecho: la seguridad social.

Las leyes laborales de nuestro país implican principios básicos que alejan al trabajo de fenómenos como la explotación y la esclavitud, como el establecimiento de horas laborables o el derecho a tener vacaciones. Además, a lo largo de los años se han incorporado derechos que le permiten al trabajador tener la seguridad de que estando en la formalidad, cosas buenas pasan; adquirir el crédito para tener una vivienda, alcanzar una pensión después de ciertos años de trabajo y lo más importante, tener acceso a servicios de salud que cubran a toda su familia.

Este gran paraguas conocido como seguridad social, es pagado por cuotas que aportan tanto los patrones como los trabajadores, con una parte de su salario, constituyendo una de las conquistas más importantes en la historia del trabajo. Esta protección tiene un doble efecto importante: por un lado, garantiza que las personas superen condiciones de pobreza y marginación, y por otro, que el patrimonio de las familias no sea afectado drásticamente cuando aparecen momentos complejos en la vida, como accidentes o enfermedades.

A menudo, los jóvenes ven lejos la necesidad de pedir un crédito de vivienda o de usar servicios de salud en el corto plazo, y ven aún más lejana la situación donde tendrán que contar con una pensión para el retiro.

Esta visión provoca que con frecuencia, en el mercado laboral existan arreglos alejados de la ley, en donde las personas, con tal de trabajar, aceptan hacerlo en una empresa formal pero en condiciones informales de trabajo. Al hacer esto, renuncian a pertenecer al círculo más virtuoso que tiene el empleo, cuando éste viene acompañado de seguridad social. De esta forma, en Latinoamérica 6 de cada 10 personas que trabajan lo hacen con algún grado de informalidad: de ese tamaño es el reto que enfrentamos.

En días pasados, el gobernador Eruviel Ávila y el secretario Alfonso Navarrete Prida, anunciaron una nueva cruzada contra la informalidad, considerando que con la suma de todos los niveles de gobierno y la participación de los factores de la producción, podríamos, comenzar a ganar la batalla en contra de este mal de la economía.

Sin duda en 2016 las autoridades laborales tendremos que hacer el mayor de los esfuerzos institucionales para crear conciencia y además asegurar condiciones que permitan romper ideas arraigadas en algunas empresas. Ellas deben cambiar de mentalidad y dejar de pensar que pagar seguridad social es un costo.

Hace poco, un trabajador me compartió su historia; 20 años trabajando en la misma empresa, en las mismas condiciones y sin las prestaciones de ley, si bien con otros beneficios. De repente, llegó el momento en que desgraciadamente su esposa requirió atención médica. Por su enfermedad, requería atención especializada, pero entrar al IMSS era imposible y resolver el problema requirió de echar mano del patrimonio familiar. Al final, me comentó que ese sentimiento que lo invadió para salvar a su esposa, de vender todo para curarte, lo hizo sentirse fuera de ese paraguas de seguridad, que para muchas otras familias significa estabilidad y posibilidad de progreso.