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Vaya “Día del Padre”

En las últimas semanas, hemos presenciado alrededor del mundo eventos que han lastimado profundamente la conciencia de los buenos ciudadanos. Dicen que, a veces, el silencio ante la violencia, la injusticia y el dolor, termina generando cobardes complicidades mientras pasan cosas que son inexplicables: supuestos maestros rapando a otros maestros; un tipo que mata a una cantante; disturbios en ciudades europeas por partidos de fútbol; asesinatos y violencia por el Brexit y un enfermo que con armas de asalto termina la vida de decenas de seres humanos.

Estas brutales manifestaciones de violencia e intolerancia son un llamado a una reflexión más profunda de la sociedad. Pareciera que ahora estamos educando a las nuevas generaciones a simplemente explotar frente a todo aquello que no les parece, eliminando cualquier orden legal y marco institucional de entendimiento, que hoy es sustituido, sin apuro alguno, por expresiones lamentablemente violentas.

Parece que se nos ha olvidado lo importante que es entender el pacto social del siglo XXI, en donde más allá de fronteras y nacionalidades, el respeto a las libertades debe ser absoluto en todos los sentidos. Este respeto es esencial para reconocer que las diferentes manifestaciones de los seres humanos tienen el mismo peso, y en donde la religión jamás debe ser un motivo para matar en nombre de algún Dios.

Debemos garantizar que los niños, cuando vean la televisión y las redes sociales que hoy están como nunca al alance de su mano, no aprendan la cultura del odio que parece por momentos apoderarse de los tiempos modernos.

Juntos tenemos que ponerle un alto definitivo, y hacerlo va mucho más allá del dominio de los gobiernos: pasa principalmente por la familia. Ahora bien, es difícil la tarea cuando desde la política la incongruencia se vuelve parte de disparates mediáticos. Es inconcebible como Trump culpa al presidente Obama de los abominables actos de Orlando, como lo es que López Obrador defienda a maestros que transgreden la ley.

Es indefendible también que sigamos discutiendo sobre los derechos de algunos usando una retórica moralista, o peor aún, en el colmo del absurdo, no escuchar la condena universal ante tantos hechos repugnantes. Los que queremos dejar un mundo mejor a nuestros hijos no podemos dejar de levantar la voz y poner un freno a esta descomposición.

En el Día del Padre, festejemos a los nuestros y cuidemos de nuestros hijos, pero hagamos conciencia que no podemos construir un mundo mejor si no empezamos por fortalecer a las familias, a platicar en cada momento que podamos de lo bonito que es reconocernos todos los seres humanos, todos, como parte de este gran mundo, en este viaje que se llama vida y que debería servir para ser felices. No sé ustedes, pero espero festejar este Día del Padre sin el cargo de conciencia que me da el mundo que les estamos heredando a nuestros hijos.