Política cero

¡Se nos va el 'sup Marcos', chingá!

¿Cómo, vivía?, es lo que muchos se estarán preguntando ahora que el subcomandante insurgente Marcos ha declarado que desaparecerá para siempre, como si no hubiera desaparecido desde hace años cuando se convirtió en crooner de la guerrilla zapatista, esa que un día nos despertó agitados y que 20 años después no nos despertaba más que modorra. En sus últimos comunicados, quedaba que se la pasaba viendo series de televisión y había abandonado la poesía revolucionaria para pasarse al memorándum godinesco. Ya en los últimos tiempos era una pálida sombra, una que regañaba a todos sin la gracia de los viejitos de Los Muppets.

Lo recuerdo en la marcha zapatista hacia el DF, la emocionante salida de San Cristóbal de las Casas, las alucinantes fiestas de la tropa, las campanas incesantes de la Catedral, la conversión de las personas en algo que aún requiere de traducción (los encapuchados te decían hiciera falta o no “sociedad civil”), los aires libertarios que se anunciaban con aquel personaje que levantaba vigoroso y vibrante por el Soconusco.

Era la época en que en medio del discurso crítico, poético, rudo y revolucionario, el sup desplegaba con gracia un envidiable polvorín de ironías manchadas que le arrojaba con gracia al rostro del sistema salinesco, de sus críticos agazapados bajo el estado de derecho a los que trolleaba sin piedad, sobre todo al pseudojefe Diego y su padawan sin gracia, Jelipillo Calderón; no se diga al cónclave priista godzillesco ya muy decadente. El humor como ingrediente fundamental del lucha, lucha, lucha, no dejes de luchar, una de las grandes lecciones de Marcos, hoy tristemente olvidada por la disidencia de toda índole que chapalea gustosa en el melodrama ranchero. Más logró el sup con su punzante humor negro (hoy solo superado por el humor involuntario de Videgaray cuando afirma que “Creceremos más que EU y América Latina”), que todas las armas levantadas, que toda la verborrea pacificadora.

Se nos olvidó la irreverencia de Marcos que, con timidez, alcanzaron a rasguñar los del #Yosoy132, que apenas abrazaron las autodefensas, que nunca se conoció en los plantones magisteriales. Incluso él, maestro en ese arte perdido, se aburguesó, se asalinó.

Hoy el subcomanche abandona su botarga, dice, luego de haber desperdiciado carisma y liderazgo. Pudo ser la diferencia, la cabeza del proletariado sin la ídem, pero se le acabó la fuerza de la mano izquierda, no quiso ser de los imprescindibles.

 

jairo.calixto@milenio.com

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