Política cero

Los tatuajes de Zlatan Ibrahimovic

Soy fan de Zlatan Ibrahimovic, el intenso, rudo, bravo y muchas veces autocomplaciente delantero sueco-bosnio que es una fiera en los linderos del área y cuyas habilidades, trasladadas al FIFA 2015, hacen de él un monstruo generador de goles.

Su aguerrida naturaleza, sus desplantes de superioridad y sus goles maestros lo han convertido en un crack referencial forjador de hitos deportivos, en una bestia insaciable de marcas y éxitos. Su más reciente anotación vistiendo la casaca del Paris-Saint Germain ante el Caen causó furor; no solo por el estilo kung-fu con la que fue ejecutada desde el rigor y la contundencia que lo han hecho notable, sino por su celebración: se quitó la playera para dejar ver una urdimbre de nombres tatuados sobre su piel. Eran los nombres de niños que de manera cotidiana luchan contra el hambre, a los que con sus propios recursos ayuda a salir adelante. Algo que dejó atónitos a los de su feligresía, pero sobre todo a toda esa falsa troupe de seudo héroes deportivos que hacen filantropía de dientes para afuera y por compromiso, con los patrocinadores.

Zlatan fue más allá: pobló su cuerpo con todos esos nombres –contradictorio de entrada en un hombre al que suele tacharse de egocéntrico– porque el compromiso es total con esa causa que parece inspirada después de una lectura de un libro fundamental del maese Martín Caparrós: El hambre: “Hambre es una palabra deplorable. Poetas de cuarta, políticos de octava y todo tipo de plumíferos fáciles la han usado tanto y tan barato que debería estar prohibida”.

Zlatan lo sabe y para que esas palabras que representan niños no se las lleve el viento de los discursos plagados de cursilería, se las ha tatuado. Que quede huella, que sí, que sí.

Quizá en este momento en que las instituciones nacionales hacen agua y los políticos y funcionarios en su peor nivel de popularidad, la única ruta verdaderamente correcta debería obligarlos a que, al igual que el talentoso Mr. Ibrahimovic, se tatúen sus compromisos en el cuerpo para asegurarnos de que en efecto están comprometidos y no los pueden olvidar o traspapelar o mandar al archivo muerto, sino hasta que realmente hayan muerto.

Así, en el dudoso caso de que no se haya cumplido con esa tarea (algo muy remoto porque nuestros funcionarios y políticos no suelen dejar colgada de la brocha a la sociedad en su conjunto, más allá del “…que la patria os lo demande”, lleven el torso y la espalda el recuerdo indeleble de ese compromiso incumplido.

Una tatuadita por el amor de dios.

 

jairo.calixto@milenio.com

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