Política cero

Un recuerdo para Carmelita de honor

No fue de ninguna manera una mala idea la de apañar a Servando Gómez, La Tuta, y al Z-42 justo en el momento en que el señor don licenciado Videgaray iba a anunciar recortes bravos a la economía nacional. Digo, ¿para qué asustar a la gente cuando puede alegrarse de que dos temibles operadores del crimen organizado caían en manos de la ley? Esto sí coadyuva y no esos debates sobre la probidad del Partido Verde, que debe ser bueno porque tiene entre sus filas al Nini Verde, que, después de Luis Miguel, es el mirrey primigenio, y porque está impugnando la injusta multa que le aplicó el malvado INE que, como está en crisis, no quiere saber quién se la hizo sino quién se la va a pagar. Ojalá que pronto se vuelvan a saltar las trancas para que en sus spots muestren cómo le dieron techo, comida y sustento en sus propios depas papaloy a esos animalitos de los circos en quiebra que no tienen adónde ir. Ni modo que vayan a hacer el oso, we, abandonando a esas criaturitas del señor. Como cuando presumen sobre las multas que habrán de pagar las empresas que contaminen, y no se vio a los ninis verdes en la ribera del río Sonora cuando los derrames del muy humanista Grupo México.

Ni las lobukis lo permitan.

Si don Arturo Escobar, vocero del PVEM, que tan valientemente afirma que “no es ilegal difundir logros” —siempre y cuando los haya, supongo—, saliera a pedir una coperacha para pagar la multa del INE, estoy seguro de que todos aquellos que fuimos bañados con sus sanos, justos e inteligentísimos spots le entraríamos con gusto.

Comoquiera que sea, es más interesante analizar y darse cuenta de que si hasta entre perros hay razas, entre cárteles del narcotráfico también hay clases: mientras el otrora líder de Los Caballeros Templarios se escondía en una cueva (aunque hay quien piensa que en realidad era el rey bajo la Montaña como los enanos de El Hobbit), Omar Treviño Morales, el mero, mero de Los Zetas, habitaba una cómoda residencia en San Pedro Garza García, el municipio de Monterrey más próspero del país.

Algo injusto porque mientras el Z-42 luego, luego pidió el amparo que no les concedió a sus víctimas en Salvárcar y en el Casino Royale, La Tuta no solo reconoció que en efecto era un criminal, sino que lideraba “una banda de pendejos”.

Algo que podría suscribir cualquier político en estos días.

Por eso Carmelita Salinas va sola; no solo acepta que a diferencia de los otros bárbaros no tiene plan, reconoce que su casa también está pintada de blanco.


jairo.calixto@milenio.com

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