Política cero

Ese oscuro ojete del pesero

Quizá sea más paranoico que Lorenzo Córdova ahora que cree hay un compló contra el INE (digo, el único grupo vulnerable que podría estar en su contra es el de los estandoperos que se convirtieron en estandopedos luego de escuchar los chistes muy manidos del doñito), pero la verdad, prefiero caminar veinte cuadras o pedirle un aventón a un político del PRI o ser defendido por Laura Bozzo antes que subirme a un taxi en cualquier esquina de la Ciudad de México.

Son tantas y tales las historias de terror conocidas alrededor del servicio de los icuiricuis que si me pusieran a elegir entre treparme con un ruletero de placas presumiblemente apócrifas a subirme con un oscuro ojete del pesero, sin dudar me inclinaría por lo segundo.

Evidentemente la gran mayoría de los malacachimbas son personajazos muy respetables que le dan a la ciudad una lectura muy particular desde el folclor y el sentido del orden geográfico sin GPS, aunque Arjona haya querido desprestigiarlos.

Tristemente entre las inercias históricas, los abusos de autoridades, partidos y sindicatos, la persecución institucional y penetración del crimen organizado, los taxis han credibilidad, bueno, no tanto como la verdad histórica en Tanhuato.

Por eso sonaba bastante saludable la aparición de un servicio de transporte civilizado y posmoderno, ligado a las aplicaciones gadgeteras y con un toque chic como Uber. Algo que surgió como un asunto solo para hipsters, geeks y mamoncetes, pasó a transformarse en una alternativa, incluso frente a los radiotaxis que, a ciertas horas y curiosamente en los momentos más urgentes, te dejan más colgado que el Tribunal a Marchelo Ebrard.

Ayer los taxistas, que genuinamente tienen derecho a manifestarse, salieron a dar la batalla contra la competencia “desleal” de Uber haciendo lo mismo que se han cansado de criticar a mentadas y a cornetazos: bloqueando calles y avenidas. ¿Y qué hizo su contraparte?: regalar viajes en taxi como otros dan adjudicaciones directas.

Ahí fue cuando los ruleteros debieron sacar la casta de otra forma, más allá de la lógica del taxímetro y la gadgetería fina: ofreciéndole a la clientela lo que le ha exigido desde siempre: seguridad frente a los hijos de puta.

La gente no tiene por qué sentirse en el Triángulo de las Bermudas de Tlatlaya, Iguala y Cocula cada vez que se sube a un taxi.

Y menos cuando no todos pueden, como el líder turquesa de Nueva Alianza, Luis Castro, ir como Korenfeld hasta a las tortillas en helicóptero.

Ahuevo.

 

jairo.calixto@milenio.com

www.twitter.com/jairocalixto