Política cero

El monje no debe vender su Ferrari

En el reconocido libro El monje que vendió su Ferrari, el autor debería colocar un manual para saber a quien ofertarle o a quien no. Es una responsabilidad que no se le puede dejar a la buena de Dios. Sobre todo porque el Señor está ahorita muy ocupado en los jaloneos de don Norbeto Rivera con el Vaticano, ya ven que tan humilde trabajador de la industria de la fe como que trata de convencernos que se lleva de piquete de ombligo con el papa, que según el pueblo mexicano en general el sumo pontífice ve al cardenal con el mismo amor con el que cualquier persona ve sus análisis clínicos.

Pero seguramente debe haber alguna explicación para que Bergoglio le tenga tan mala fe a nuestro hombre en Catedral, que luchó a brazo partido contra los émulos del padrote Maciel. Le debe pasar lo mismo que a Kate del Castillo, que me la quieren meter en una cacería de brujas. Pobre Kate, solo a ella se le ocurre tener un fan de la talla del Chapo Guzmán que, además, es solo un poquito conflictivo.

Dicen que esto de la chamaqueada y lo del sueño de seis horas, además de su equipo de abogados que parece sacado de una película de Chatanuga, sin olvidar el circo de esposas, novias e hijas, es un plan maestro del Chapo para descontrolar al Estado mexicano. Digo, además de que el Estado mexicano se descontrola solo (ahí está la pelea Osorio Chong vs. Jelipillo Calderón para ver quién hizo mejor su narcoguerra), cabe decir que por los resultados de esta supuesta estrategia mediática cualquiera diría que la planeó García Luna Productions.

Pero, como quiera que sea, la gente de los monasterios debe hacerse responsable de aquello de lo cual se desprenden. Cuando un monje vende su Ferrari debería de tener mucho cuidado a quién se lo ofrece, investigarlos hasta cerciorarse de que su nivel de macuarrez no rebase los límites permitidos por la civilidad.

Porque si no se fija a quien le va a entregar ese poderoso bólido italiano, símbolo de riqueza y poder (y esencialmente hecho para moldearle el ego tanto a los viejos ricos como a los nuevos ricos de dudoso pedigrí), va a terminar en manos de cualquier juniorcete mirreysazo, levanta lobukis, atorrante y mamonsísimo con guaruras, émulos del #LordMeLaPelas.

La clase de finísimas personas que solo pueden ser comparadas con los policías del mando único que hicieron su sesión porno con sexoservidoras.

Porque todos tenemos un Ferrari pudriéndose con los guaruras dentro en el corralón, aunque sea en la cabeza.


jairo.calixto@milenio.com
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