Política cero

Es que tengo las manos muy largas

En los peseros de la Ciudad de México perdí para siempre la virginidad en materia de atracos, tan así que en cuanto veía algo sospechosista no dudaba en bajarme del horrendo armatoste (es curiosa la vocación de los dueños y choferes de los pecerdos para hacer de sus instrumentos de trabajo, luego de tunearlos bárbaramente, auténticas maquinarias del terror a ritmo de reguetón, banda y rolas de Maluma) para evitarme la pena de ser pasado por la báscula. Aún tengo el recuerdo de un viejo reloj que me regaló mi padre, el cual acabó en manos de un fulano que llevaba playera del América. Sin embargo, nunca he sentido tanto terror como cuando me llegué a trepar en una Combi en el Edomex esquina con Mordor, que por su diseño parecía ideada por Lovecraft para ser piloteadas por Cthulhu en tachas, mezcladas con Tonayan. Sobre todo, porque sentías que lo que te podría pasar en esa tierra sin ley haría ver a un robo como una noble aspiración. Era uno de esos artefactos en los que ni el cuervo de Poe se atrevería a subirse solo.

Tal y como ahora ocurre en las diversas rutas peceriles en el territorio que atinadamente desgobierna Eruviel, auténtica invitación a las montañas de la locura. Los miles que a diario recurren a este servicio de transporte público, lo saben, lo saben.

Están, claro, los casos emblemáticos como el de Valeria, que terminó en un tragedión bíblico que el gobierno de la entidad aplacó a carpetazo limpio con el supuesto y nunca suficientemente aclarado suicidio del perpetrador en un celda, y el de Diana, víctima de violación, que ahora se enfrenta al machismo falocentrista que, como una entidad viva, se protege con el fervor de las autoridades y los administradores de las rutas. Todo mientras el secre de Gobierno, José Manzur, afirmaba que había muchas rutas y peseras, que no se podía andar cuidando y vigilando a todas. Un humanista.

Así, cualquiera diría que todos estos personajes siniestros fueron educados por el insólito pero perínclito Juan Dabdoub Giacomán, presidente del Consejo de la Familia (promotora del autobús que desde las entrañas del siglo XVII promueven la idea de que cualquier concepto de familia que se salga del esquema papá-mamá-hijos es una abominación), quien en un acto profundamente inclusivo, democrático y popular, le tapó de manera reiterada la boca a una mujer que cuestionaba su posición sobre el matrimonio gay. Y luego el distinguido kukluxklán alegó de manera muy viril, como corresponde a todo emisario de otros siglos, que no es que hubiera querido callar a la señora, sino que tenía las manos muy largas. Lo mismo dijeron Javidú, Chesarito Duarte, Moreira y Betito Borge, el Festival OTI de la corrupción, cuando se chingaron el presupuesto.

Las manos muy largas y la trompa muy sucia.

Pero ya viene la nueva administración en el Edomex, seguramente con ellos se van a acabar todas estas penurias.

jairo.calixto@milenio.com
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