Política cero

Fidel, ese viejo lobo de Marx

¿Quién soy yo para refutar las bien organizadas diatribas anticastristas que se derraman sobre nosotros, desde el olimpo de lo políticamente correcto? ¿Quién soy yo para desmenuzar los ánimos de las tribus caníbales que se quieren merendar al comandante por considerar que ya no hace juego con las decoraciones puestas en boga por los fundamentalismos democráticos? ¿Quién soy yo para alertar a los aspirantes a Niños Héroes que se envuelven en la medalla Belisario Domínguez y que al sonoro rugir del cañón y con el entusiasmo miamense quieren convertir a La Habana en The Little Havana  y a Varadero en Caleta-Caletilla, a la salud del patrioterismo barato que enarbolan nuestros intelectuales neoliberales, digo liberales, a quienes nunca se les ha visto arengar a las masas para ir a recuperar aunque sea algo de la gran Disneylandia?

Pero, sobre todo, ¿quién soy yo para impedir que las masas pro castristas saquen del polvoriento arcón de los recuerdos sus playeras del Che, antiquísimas consignas del “Cuba sí, yanquis no” y sus precámbricas interpretaciones del Internacionalismo proletario?

Ya lo dice un querido amigo, “Con castristas no; con anticastristas menos; todo con Fidel”. Sobre todo a la hora de su muerte, amén.

Todo esto lo digo por los aferrados anticastristas, fans de Gloria Estefan y Juanita Castro refiriéndose al comandante como “ese dictadorzuelo”. O sea, Fidel fue un dictador, pero no un dictadorzuelo como peyorativamente afirman sus detractores, porque en esto de las dictaduras también hay clases. No se ha pasado 50 años en el candelero del poder, en el hit parade del absolutismo, en el top ten de L’Etat c’est moi, como para que una bola de globalifóbicos rupestres lo anden ahí ninguneando.

Sobre todo cuando el héroe del 26 de julio decidió morirse en plena celebración del Black Friday.

Tampoco es que sea la primera vez. Recuerdo con golosa nostalgia cuando en aquel affaire cubano había gente muy preocupada por los derechos humanos de Carlos Ahumada después de que El Señor de los Sobornos anunció, casi, casi, que en la isla lo habían tratado como si fuera afgano en Guantánamo. Y eso que su hombre en La Habana fue Charly Salinas.

Fidel era un viejo lobo de Marx... al que se le puede abominar, pero nunca menospreciar. Su figura, su pensamiento, sus diatribas, el debate alrededor de su legado, seguirán presentes en el mundo cuando todos nosotros hayamos muerto.

A lo mejor la historia no lo absuelve del todo, pero nunca lo olvidará.

jairo.calixto@milenio.com

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