Política cero

Una mordidita en la boquita

La Comisión Nacional de Salarios Mínimos es uno de los inventos más insólitos de la revolución institucionalizada. Y no solo porque ninguno de los encargados de cuidar tan noble institución ha cobrado nunca la tan preciada joya que les ha tocado defender como si fuera esta noche la última vez, sino porque solo en México se les pudo haber ocurrido que algo tan mínimo como el salario mínimo, por lo regular escueto, raquítico y frágil, requeriría de todo un aparato burocrático para mantenerlo en ese estado tan lamentable que debería de servir para combatir la anorexia nerviosa.

Digo, en algún régimen tendría que haber cabido la prudencia y desmontar tamaño tinglado. Sobre todo porque se veía un poco ridículo que se recurriera a un elefante blanco tan aparatoso para impedir que el salario mínimo agarrara por su cuenta las parrandas, y pudiera poner en peligro el destino manifiesto de la parte patronal que, por lo regular, hacían más drama que La Volpe ahora que se examina la reapertura de su extraño caso con la podóloga de Chivas.

En efecto, la Conasami siempre enarboló argumentos como de Lo que callamos las mujeres para impedir a toda costa que el salario mínimo se tomara un desayuno de campeones. Cosas como que cualquier aumento causaría un desastre económico peor que la salida de Carstens del Banxico, o que le generaría a la inflación un cuadro dispéptico tan grande que las flatulencias acabarían con el poder adquisitivo... pero de los patrones.

Y era tal la depre del salario chaparrín que se sentía como los niños del país que no quieren crecer para no ser reclutados por el crimen organizado. O la Polecía Federal, la perjudicial o el 27 batallón de Iguala...

Pobres de los niños. Antes soñaban con ser astronautas, luego querían ser reyes o princesas, estrellas de rocanrol o presidente de la nación... ahora se conforman con no llegar a ser adultos.

¿De quién será la culpa?

Y todos nuestros políticos al unísono respondieron con el clásico “¿Y yo por qué?”.

Como quiera que sea, lo qué pasó después fue ya producto del surrealismo mágico institucional: el salario mínimo no debe subir más allá de los 80 pesos porque se produciría un desempleo generalizado.

Hubo tanto susto al respecto, que hasta los diputeibols se bajaron su bono navideño de 700 mil pesos a 500 mil, no se fuera a caer el teatrito de las reformas estructurales.

Los envidiosos dirán que esto estuvo más arreglado que la huída de Javidú Duarte, que entre la Coparmex y la Conasami hay algo. Como Maluma y Ricky Martin.

Al salario mínimo todos los días le dan mordidita a su boquita.

jairo.calixto@milenio.com

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