Política cero

El dólar, ese mito genial, que no venial

Se parece tanto el nuevo PRI al viejo PRI, que no pueden engañarnos. En nombre de la nostalgia tricolor se recuperaron estilos y ritos en tiempo y forma, se restablecieron lenguajes y formatos, se revivieron fósiles y momias, instrumentos y principios, que en sus afanes vintage, hasta los choznos de don Plutarco resucitaron una antigua pero entrañable tradición: la devaluación del peso.

Una especie de encantador y delicioso homenaje a los momentos más idílicos de los fines de sexenio del PRIcámbrico temprano, cuando velociraptores, mamuts y tiranosauros pastaban en los jardines de Los Pinos cultivando sus huevos de dinosaurios en aquellos años maravillosos cuando no había enfadosas comisiones de derechos humanos ni el Ejército era cuestionado por los infames civiles, nadie se preocupaba por Aguas Blancas, menos por casas blancas y no había fotoperiodistas, sino fotógrafos de prensa. Periodos históricos que creíamos olvidados, pero que ahora vuelven en formato vintage para cautivar a hipsters, emos y chundos; lobukis, mirreyes y malafachas.

Digo, si en su momento derrapó el dólar (y aquí nuestros maestros en el arte del engaño financiero nos han venido explicando sin la ayuda de la anestesia y con el apoyo del licenciado Peña, que es lo mejor que nos puede pasar para que Donald Trump no se enoje), ¿por qué el peso no iba a seguir el camino del euro y yuan, o de qué privilegios goza para no ser sometido a la terapia de choque del capitalismo salvaje?

Tan así que, ahora que Angela Merkel fue a salvarle el pellejo a Dilma Rousseff, que parece la Chayito Robles de Brasil (luego de asegurarse que el izquierdoso primer ministro griego renunciara), parece que se llevará a Berlín las playas de Ipanema y Copacabana, solo para empezar.

Comoquiera que sea, revitaliza escuchar, ante lo que algunos histéricos denominan señales claras de advenimiento del fin del mundo (el desinterés de los inversionistas por Pemex, la desaceleración económica, la baja en las expectativas de crecimiento, la caída del Piojo Herrera), el dulce sonido de viejos éxitos muy lopezportillistas como el clásico “Somos responsables del timón, pero no de la tormenta”.

Lo del dólar sobrevaluado es un mito genial, que no venial.

 

jairo.calixto@milenio.com

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