Política cero

El capo antes de serlo tiene que parecerlo

Muy lastimeros y puritanos se ven ustedes que andan ahí acusando a Kate y Sean sin razón, sin ver que son la ocasión de lo mismo que culpáis. Ya los pasaron de ser apologistas de la violencia a propagandistas del crimen organizado, y hasta hay quienes desde que mecapalera y telenovelera dimensión afirman que darle voz al Chapo es traicionar a los periodistas caídos en la lucha contra el narco. O sea, que no mamy blue.

La gran aportación de Nancy Drew del Castillo y el Hardy Boy Penn es contribuir a la desacralización del Chapo y de los capos idealizados por la ya hartante narcoliteratura que no alcanza niveles ni de pasquín, y las series sobre el subgénero que no pueden ser más autoplagiarias.

Mientras Guzmán Loera ridiculiza al gobierno federal con su circo mediático de escapismos, y este a su vez busca ridiculizarlo exhibiéndolo en playerita de galán de lonchería, la entrevista de Rolling Stone descubre que en su afán por construirse una leyenda (antes los capos se mandaban a hacer su corrido, ahora se arman su biopic a la manera de una autobiografía veraz y oportuna) lo aleja de la figura de culto, de poderoso y temible líder del cártel, de ícono pop endiosado como ogro filantrópico de intensos luceros.

Todo lo baja de su pedestal: su camisa de once varas pero no de once varos de mirrey en busca de lobuki; su falta de habilidad para la continuidad narrativa (tampoco es que alcance los niveles de la señora procuradora pero lo suyo, lo suyo no es la verba florida); la misteriosa aparición y desaparición de su mostacho de Pancho Pantera (admirable su bigote quitapón como del Señor Cara de Papa); los gallos que conforman el soundtrack al discurso chapista que tiene su momento más sublime no en la revelación de sus propiedades, de su bondad y de su capacidad para los negocios, sino cuando afirma categórico algo que mucha gente ya no valora porque como él, no la ha perdido tantas veces: “La libertad es muy bonita”.

Eso no le quita ni lo terrible ni lo aborrecible ni lo canallesco. ¡Mira que atreverse a corromper a perínclitos y humanistas políticos mexicanos!

Lo intuíamos pero ahora nos queda claro que Guzmán Loera, como seguramente el resto de sus compañeros de sector y de partido, no son Vito Corleone ni Pablo Escobar ni Aurelio Casillas.

Por eso es muy de aficionados a la dispepsia de que el señor licenciado don Chapo tiene al país obnubilado, enajenado, como si su apología del mal gusto y su pasión por los drenajes pudieran tener feligresía.

Al Chapo se le olvidó que como los toreros, el capo antes de serlo tiene que parecerlo. 

 

jairo.calixto@milenio.com

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