Política cero

¡Se acabó el Viagra!

Es siempre valorable que las altas autoridades en materia económica, señores educados por los choznos de los Chicago Boys y que le rinden culto fanático a Gordon Gekko, el yuppie original (“La ambición es buena”, pues lubrica los oxidados engranajes del capitalismo salvajemente grupero), afirman contundentes e inobjetables que el debate del salario mínimo debe ser serio. O sea, no se ha visto a la clase obrera echando desmadre alrededor de sus magros emolumentos, u organizando pachangas panistas con teiboleras para celebrar que prácticamente tienen que pagar por trabajar. O al menos aún no sale un video donde el proletariado sin cabeza baile de a cartón de cerveza y armen orgifiestas dignas de una de las grandes películas de Robin Williams, La sociedad de los panistas puercos.

Entre paréntesis, pobres panufos, me los quieren excomulgar por irse de picos pardos y, peor, dejarse grabar como El Gerber Vallejo.

Como sea, quizá tengan razón estas instruidas y humanistas personas que afirman que no se puede dejar el tema del salario mínimo en manos de la improvisación o de la búsqueda de raja política. O sea, ¿de veras creen que la preocupación de Mancera y Madero por los más necesitados no es genuina? Chale, pinchis sospechosistas.

Eso sí, ya cuando Carstens, Videgaray, y todos los economistas oficiales te explican que en caso de aumentar el salario mínimo no solo nos va a dar ébola, sino que el Apocalipsis es solo el comienzo (no sin antes asegurar con dudoso pesar que nadie estaría contra un justo aumento), hasta te dan ganas de que te manden a El Pinocho como Mamá Rosa Dubtfire. Quizá por eso ya Mancera prácticamente anunció que para que no nos caiga el Armagedón hay que subir el salario mínimo de 13 centavos cada diez años.

Parece que la única manera de que el salario mínimo, ariete del populismo en éxtasis, tenga futuro sería que diputeibols, senadores, la alta burocracia y los líderes sindicales donen sus jugosos bonos semanales, mensuales, anuales, sexenales y de retiro.

Pero no, sería una perrada, como quitarle a un panista su derecho a vivir cual Catémoc Gutiérrez, su máxima aspiración.

Y todo para que en un futuro, cuando el PRI los haya desechado luego de haberlos usado, los choznos de Gómez Morín digan como Chucho Zambrano el perdedor, que “No me arrepiento de nada”.

Lo bailado con Montana, al ritmo fiestero de “¡se acabó el Viagra!”, quién se los quita.

jairo.calixto@milenio.com

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