Política cero

¿Votar yo?

Votar o no votar, he ahí el dilema de esta irritante doble histeria. Según los ayatolás de ambos ministerios, si ejerces tu derecho al sufragio, o te vas al infierno de Laura Bozzo y te vas al quinto círculo con Rigoberta Menchú o te vas al cielo de los salvadores de una patria más fuerte y mejor. Una terrible disyuntiva si piensas que cualquiera que sea tu decisión caerá sobre ti una maldición: si acudes a la casilla, puedes o condonar los excesos zombilandescos de la democracia nacional y traicionarás el recuerdo de los 43 de Ayotzinapa; y si no lo haces decepcionarás a todos los héroes que nos dieron patria, incluyendo al pobre Lorenzo Córdova, que, dicen las malas lenguas, apostó a que saldría vestido de la Coatlicue si no votaba más de 50 por ciento del padrón.

Lo mejor es que las condiciones para acudir a las urnas son lo más parecido a sentirte como Indiana Jones perseguido por una gran roca. Eso hace más emotivo y ameno el trabajo de ser un demócrata ejemplar, sobre todo cuando en ciertas zonas se arman los tiroteos, el resentimiento social y el mapachaje en dosis preclaras pero siniestras. Creo que ahí está equivocado el INE, en vez de darle recursos a los partidos y candidatos para desarrollar sus espléndidos spots que parecen inspirados por Platanito, deberían subsidiar al votante y a los acarreados, que son víctimas del bullying corporativo.

Comoquiera que sea, todo esto es demasiada responsabilidad solo por tener una credencial para votar, que también sirve para que te dejen entrar a los teibols y cambiar cheques en los bancos. De haber sabido que se iban a poner tan pesados con esto del sufragio efectivo no reelección, mejor ni nazco.

La etapa superior del dilema se da cuando supuestas autoridades morales llaman a esa cosa que llaman voto útil, que es de lo más desconcertante porque te hace acordarte de Fox. Y peor aún cuando tratan de incentivar el tema con el sofisma de que hay que votar por el PAN o el PRD para sacar al PRI, cuando sabemos que todos se parecen tanto entre sí, que no pueden engañarnos.

Eso no coadyuva. Ni eso ni los que se azotan, aunque haya chayotes, si saben que vas a votar.

Creo que la única manera genuina del INE para hacernos sentir mal por no ir a votar, incluso a los que más desconfían (7 de cada 10 compatriotas, por cierto), es recordarnos cuánto ha costado la democracia mexicana.

Con esa lana hubiéramos mandado ocho misiones a Alpha Centauri. Todas fallidas, claro.

Lo mejor es que nuestras elecciones son como el Big Brother, las reglas cambian cada ocho días.

 

jairo.calixto@milenio.com

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