Política cero

Quiero ser como Donald Trump

Y quién no, si a pesar de ser misógino, patán, hijoeputa, mentiroso, hablador, insidioso, comecuandohay, insolente, impertinente, arrogante, mamón, autocomplaciente, envidioso, pelafustán y cínico, además de recabrón racista, kukuxklanesco e inmamable y aún así puede llegar a ser presidente de Estados Unidos, con un dedo en el botón rojo.

Nada mal para un timador de altos vuelos, predicador mediático del capitalismo más truculento y salvaje, que es el rey de las bancarrotas, el atraco financiero y la especulación inmobiliaria al nivel más fascineroso.

Antes, para llegar a esos niveles de poder tenías al menos que fingir que no fueras todo eso y ocultarlo bajo una gruesa capa de barniz, cierto sentido de lo histriónico y algunas habilidades sociales.

Pobres de los sátrapas que nos han gobernado y nos gobiernan; de haber sabido que presentarte ante los electores tal y como eres, patibulario, ojete y ambicioso, redituaba positivamente, no hubieran perdido tanto tiempo tratando de quedar bien, pareciendo civilizados y mostrando un rostro dulce y amigable, políticamente correcto.   

Por esa y otras cosas más, quiero ser como Donald Trump, que les arroja sus defectos más nefastos a los votantes y estos se ponen histéricos como si la teibolera les hubiera arrojado su húmeda tanga. 

Es como cuando protagonizaba el reality televisivo El aprendiz, donde el momento que llevaba al orgasmo a la audiencia era cuando el magnate humillaba a sus empleados y los despedía con un irascible “You´re fired!!!!”.

Los finales felices hace mucho que pasaron de moda.

Es como ver El Exorcista esperando que gane Pazuzu.

Más vivales que Layín, que ahora avienta dinero, ogro nada filantrópico que se vanagloria de no pagar impuestos y si fuera insecto sería parte del efecto cucaracha que, según el dotor Mancera, explica los asaltos en el Periférico de Chilangolandia (se ve que el nada grato de Graco le vendió la idea), Donald Trump es el ideal, el sueño por alcanzar.

Y es que antes yo quería ser como Javidú Duarte, que siempre se salía con la suya saltándose todas las trancas, pero desde que en el PRI le hicieron el fuchi y lo castigaron vilmente al arrebatarle sus derechos como chozno de don Plutarco (no concibo un atentado de la peor entraña a lo que viene siendo la condición humana), cayó estrepitosamente del pedestal ese dios de barro al que tanto le rezaba. Más todavía por dejarse ningunear por una bola de canallas que se creen la punta de lanza de una nueva renovación moral delamadridista, cuando con toda dignidad el próximo ex góber veracruzano podría haber dicho la legendaria frase de Woody Allen: “Nunca aceptaré pertenecer a un partido que acepte a Porkys como yo entre sus miembros”.

I Trump You.

jairo.calixto@milenio.com

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