Política cero

El Porfirio de mis recuerdos

Me reconforta saber que entre los mexicanos hay un amplio grupo que rinde culto a los verdaderos próceres de la patria. Esos que son los imprescindibles, porque un día quieren desacralizar a Benito Juárez y al otro levantarle su monumento estatuario a uno de los personajes más incomprendidos del devenir nacional. Da gusto ver cómo los choznos de don Susanito Peñafiel y Somellera salvaguardan al más histórico de los villanos favoritos de México, Porfirio Díaz.

No puede ser que por ciertos pruritos historiográficos no podamos rendirle un justo homenaje a este prohombre de acicalado bigote y autoridad plenipotenciaria que nos sacó del atraso juarista que abogaba por la hoy muy desacreditada austeridad republicana. No se puede soslayar a ese gran militar oaxaqueño que derrotó a los franceses y que luego de los fragores de la batalla quiso ser como ellos. Pocos personajes hubieran podido cimentar al pensamiento positivista sobre las tiendas de raya; apuntalar el “orden y progreso” con el derecho de pernada. Sólo don Porfirio, que tristemente se fue triste pero afortunadamente de gorra en el Ypiranga y que yace en Montparnasse. Un dato que escuece, pues no me imagino al distinguido dictador al que se le hizo vicio la silla presidencial, de veras urgido de dejar tan distinguido panteón, como espera su honorable fanaticada, cuando ahí comparte territorio con Rousseau, Zola, Truffaut o los Goncourt.

Claro, quien sabe si le hagan mucho caso, pues a pesar de los esfuerzos de doña Carmelita Romero Rubio por darle unos baños de cultura y distinción (hasta recomendaba que don Porfirio se echara unos polvos para que saliera más blanqueado en El Imparcial y El hijo del Ahuizote), hay veces en que queda claro, como en la entrevista Díaz-Creelman, que hay maderas que no agarran el barniz. 

De ese pasaje cabe rescatar un momento sublime del aspirante a prócer: “Si hubo crueldad, los resultados la justifican con creces”. Aplausos.

Solo por eso se entiende el entusiasmo de la fanaticada porfirista, harta de tanto caos y tanto desorden, tanto insurrecto y tanto macuarro que no sabe valorar.

Mientras Porfirio Muñoz Ledo se decide a escribir su memorias, no políticas sino picarescas (que serían un suceso, ya se lo he dicho), al Porfirio que deberíamos de homenajear verdaderamente es a Porfirio Cadena, el Ojo de vidrio, incansable justiciero.

Me parece que si le quieren rendir culto a don Porfirio es porque le van a hacer un monumento como la Cabeza de Juárez.

jairo.calixto@milenio.com

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