Política cero

Pido un aplauso para los guaruras que aquí han llegado

Con toda probabilidad, y después de los maestros de la CNTE, los anarkos que no han leído a Bakunin y cualquiera que hable mal del licenciado Peña y sus reformas estructurales, las criaturas más incomprendidas de México son los guaruras (a excepción del líder moral de Provida, Jorge Serrano Limón, el hombre que revolucionó el ultraconservadurismo, cuya adicción a las tangas de bajo color lo han llevado a la cárcel, con la fortuna de ser defendido por otro ser de luz, Esteban Arce, quien lo ve como un gran "salvador de vidas humanas en México"), esos seres míticos encargados de la seguridad y la protección de funcionarios, señoras copetudas y júniores en éxtasis, que pueden ser identificados por sus dimensiones roperiles y nada portátiles, sus trajes y corbatas que parecen sacados de los saldos de Suburbia y los lentes oscuros piratas que resguardan sus siempre atentas y sagaces miradas que rastrean cualquier cosa presumiblemente sospechosa.

No se acaba de entender que el guarura tiene que ser rudo, intimidante, atorrante y aberrante para cumplir con su trabajo, que es como el de Serrano Limón, no malversar fondos ni acaparar tangas, sino salvar vidas humanas. En este caso de compatriotas verdaderamente importantes, célebres, de altos ingresos y very nice, no como los que se quejan porque la guaruriza se salta todas las trancas, te avienta la lámina blindada como el papa se le fue con todo a Donald Trump y su muro que no era "cristiano" y se comportan con la gracia del diputado priista, Benjamín Medrano, que luego de una cirugía plástica, que dice que se la financió un amigo (sí, ajá) quedó como La Tigresa de Oriente.

Hoy, lamentablemente, se continúa la malsana tradición muy mexicana de ver con rencor y recelo a esta espléndida zoología fantástica de hombres y mujeres tozudos, pero comprometidos que tienen sus más altos representantes en el legendario guarura de Lucerito (luego ya vimos que ella era más brava que el empistolado); la guardia pretoriana de José Abello, el dueño del periódico El Buen Tono de Veracruz (o sea, sí parecen de película de Cornelio Reyna y los hermanos Almada); y ahora los grandiosos, estupendos y muy chidos guarros de Raúl Libien, el admirable #LordMeLaPelas (para su mala suerte en Presidencia ya lo negaron tres veces), que además de su estilacho pulcro y prosopopéyico hicieron de las nubes terciopana al madrear y robar, ellos solitos, al City Manager (cualquier cosa que eso signifique), Arne aus den Ruthen Haagen Dazs.

En vez de reconocer la historia, régimen y estructura de los guaruras en México, aspirantes siempre a ser como Kevin Costner en El Guardaespaldas, siempre cultos y sensibles, suelen ser condenados por esta sociedad hipócrita al oprobio, el escarnio, la marginación y la criminalización como si fueran reporteros en Veracruz.

Dice Mancera que los va a regular por enésima vez; quizá debería de empezar por sus patrones.

jairo.calixto@milenio.com
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